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Videojuegos, animales y dinosaurios: las pasiones infantiles también pueden entrenar la mente

Hay niños que pueden pasar horas investigando sobre sus animales favoritos, aprendiendo las reglas de un videojuego o memorizando datos sobre el universo.

Redacción Más Sana

Una niña de ocho años conoce los nombres de decenas de dinosaurios, distingue sus características y puede explicar qué comían o en qué periodo vivieron. Sin embargo, cuando llega el momento de estudiar ciencias naturales en la escuela, parece perder el interés.

La situación puede resultar familiar para muchas familias. En casa, los niños preguntan, experimentan, investigan y buscan respuestas por iniciativa propia. En el aula, en cambio, algunas actividades les parecen aburridas o demasiado alejadas de su vida cotidiana.

¿Por qué ocurre esta diferencia?

Una posible explicación está en la manera en que los intereses personales despiertan la motivación para aprender. Cuando un tema resulta atractivo, el niño suele estar más dispuesto a buscar información, repetir una actividad, superar dificultades y compartir lo que descubre.

La clave consiste en comprender ese impulso y aprovecharlo sin suponer que todos los aprendizajes pueden adquirirse de la misma manera.

El juego es mucho más que entretenimiento

Durante la infancia, jugar es una de las principales formas de explorar el entorno. Al construir una torre, inventar una historia, resolver un acertijo o participar en un juego con reglas, los niños ponen en práctica distintas habilidades.

El juego puede involucrar lenguaje, coordinación, memoria de trabajo, planificación, negociación y regulación emocional. Cuando juegan con otras personas, también tienen oportunidades para aprender a esperar turnos, resolver desacuerdos y comprender diferentes puntos de vista.

La Academia Estadounidense de Pediatría ha destacado la importancia del juego apropiado para la edad en el desarrollo cognitivo, lingüístico, social y emocional, así como en la adquisición de habilidades de autorregulación.

Esto no significa que todo juego produzca los mismos beneficios ni que sustituya las experiencias educativas. La calidad de la actividad, la edad del niño, el contexto y la interacción con otras personas también importan.

Referencia: American Academy of Pediatrics. The Power of Play: A Pediatric Role in Enhancing Development in Young Children. Pediatrics, 2018; reafirmado en enero de 2025. https://doi.org/10.1542/peds.2018-2058

¿Qué puede aprender un niño de su videojuego favorito?

Los videojuegos ofrecen un ejemplo interesante porque algunos requieren interpretar instrucciones, identificar patrones, tomar decisiones, planificar movimientos y adaptarse a situaciones nuevas.

Un niño que disfruta un juego de construcción puede interesarse por la arquitectura, la geometría o el diseño. Quien juega con otros participantes en línea puede encontrarse con la necesidad de comunicarse, organizar estrategias y colaborar para alcanzar un objetivo.

Sin embargo, no todos los videojuegos desarrollan las mismas habilidades y no debe asumirse que jugar mejora automáticamente la inteligencia o el rendimiento escolar.

También existen riesgos cuando el uso de pantallas desplaza el sueño, la actividad física, las relaciones presenciales o las responsabilidades cotidianas. Algunos entornos digitales incluyen compras, publicidad, interacción con desconocidos o mecanismos diseñados para prolongar el tiempo de uso.

Por ello, la pregunta más útil no es si los videojuegos son buenos o malos en términos absolutos, sino qué juega el niño, durante cuánto tiempo, con quién interactúa y qué lugar ocupa esa actividad en su vida.

Los adultos pueden interesarse por los juegos que utilizan sus hijos, conversar sobre sus reglas y establecer límites adecuados a su edad, sin despreciar de antemano aquello que les entusiasma.

De una pasión a nuevos conocimientos

Los intereses infantiles pueden servir como punto de partida para explorar otras áreas del conocimiento.

Si a un niño le fascinan los dinosaurios, puede leer textos de divulgación, comparar tamaños, elaborar líneas del tiempo, aprender vocabulario científico y descubrir cómo trabajan los paleontólogos.

Si disfruta cocinar, puede medir ingredientes, comprender proporciones, observar cambios físicos y químicos y practicar la lectura siguiendo una receta.

Si le gustan los animales, puede investigar sobre ecosistemas, alimentación, comportamiento y bienestar animal. También puede aprender a distinguir información científica de mitos difundidos en internet.

El objetivo no es convertir cada pasatiempo en una clase formal. Si los adultos interrumpen constantemente el juego para imponer ejercicios, pueden terminar debilitando precisamente el interés que buscaban aprovechar.

Una alternativa es acompañar la actividad, hacer preguntas abiertas y ofrecer materiales cuando el niño quiera profundizar. «¿Cómo podríamos averiguarlo?» puede resultar más estimulante que proporcionar siempre una respuesta inmediata.

El papel de madres, padres y docentes

Acompañar la curiosidad infantil requiere observar qué despierta el interés de cada niño, pues no todos disfrutan las mismas actividades ni aprenden al mismo ritmo.

También implica ofrecer oportunidades para descubrir temas nuevos. Un niño que todavía no encuentra una afición particular puede necesitar experiencias variadas: visitar un museo, explorar un parque, escuchar música, participar en actividades deportivas o experimentar con materiales de construcción.

La libertad de explorar debe coexistir con límites, hábitos y aprendizajes fundamentales. Leer, escribir, desarrollar habilidades matemáticas y aprender a convivir requiere práctica, aunque no todas las actividades resulten igualmente atractivas.

Además, el interés por un tema no significa necesariamente que exista una habilidad excepcional ni permite diagnosticar altas capacidades. La curiosidad es una característica que puede manifestarse de diferentes maneras y que merece acompañamiento sin etiquetas apresuradas.

Curiosidad con equilibrio

Para las familias, una estrategia sencilla consiste en reservar momentos en los que los niños puedan explorar un interés propio y, al mismo tiempo, mantener una rutina que incluya descanso, movimiento, convivencia y responsabilidades escolares.

También es útil interesarse por lo que descubren. Escuchar una explicación sobre un videojuego o pedirle a un niño que muestre cómo construyó algo puede fortalecer la comunicación y darle la oportunidad de organizar sus ideas.

La infancia no necesita que cada minuto se convierta en una actividad productiva. El juego libre, la imaginación y el tiempo para aburrirse ocasionalmente también pueden abrir espacio a nuevas preguntas.

Cuando los adultos dejan de considerar las pasiones infantiles como distracciones y comienzan a verlas como posibles puertas al conocimiento, pueden descubrir nuevas formas de acompañar el desarrollo de sus hijos. No se trata de enseñar únicamente lo que les gusta, sino de utilizar ese interés para ampliar poco a poco su mundo.

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