
La curiosidad no solo nos impulsa a descubrir cosas nuevas: también puede favorecer la atención y la memoria. Comprender cómo funciona este mecanismo permite encontrar nuevas formas de aprender y estimular el desarrollo cognitivo a cualquier edad.
Redacción Más Sana
¿Por qué un niño puede recordar durante años los nombres de decenas de dinosaurios, explicar las reglas de su videojuego favorito o reconocer a jugadores de fútbol con una facilidad sorprendente, pero olvidar una lección que estudió apenas unos días antes?
La respuesta no necesariamente está en su inteligencia, sino en la relación que establece con aquello que aprende.
Cuando un tema despierta curiosidad, la persona tiene una razón para prestar atención, buscar información, formular preguntas y regresar a lo que todavía no comprende. El aprendizaje deja de ser una obligación externa y se convierte en una actividad que responde a una necesidad propia: descubrir.
Este fenómeno ha despertado el interés de investigadores de la psicología cognitiva y la neurociencia, que estudian cómo la motivación influye en la manera en que adquirimos y recordamos información.
La curiosidad también involucra al cerebro
Un estudio publicado en 2014 en la revista científica Neuron, encabezado por el investigador Matthias J. Gruber y sus colaboradores, examinó la relación entre los estados de curiosidad y la memoria.
Los resultados mostraron que las personas recordaban mejor la información por la que sentían curiosidad. Además, durante esos estados también mejoraba el recuerdo de cierta información incidental, es decir, de otros datos que aparecían mientras estaban interesados en descubrir una respuesta.
La investigación identificó la participación de circuitos cerebrales relacionados con la motivación y el hipocampo, una estructura fundamental para la formación de recuerdos.
Estos hallazgos ayudan a comprender por qué una pregunta interesante puede abrir la puerta a nuevos conocimientos. Sin embargo, no significan que cualquier información se almacene automáticamente por despertar entusiasmo, ni que el interés sustituya la práctica y la comprensión.
La curiosidad favorece condiciones para aprender, pero el resultado también depende de los conocimientos previos, la atención, el descanso y las oportunidades de practicar lo aprendido.
Fuente científica: Gruber, M. J., Gelman, B. D. y Ranganath, C. (2014). States of Curiosity Modulate Hippocampus-Dependent Learning via the Dopaminergic Circuit. Neuron. https://doi.org/10.1016/j.neuron.2014.08.060
Cuando aprender tiene sentido
La diferencia entre estudiar por obligación y aprender por interés puede observarse en situaciones cotidianas.
Un estudiante quizá tenga dificultades para resolver problemas matemáticos en un libro, pero sea capaz de calcular cuánto dinero necesita para comprar un producto, comparar precios o determinar las probabilidades de ganar una partida. En ambos casos utiliza habilidades de razonamiento; lo que cambia es el contexto y el significado que encuentra en la actividad.
Cuando una persona entiende para qué sirve un conocimiento, puede relacionarlo con experiencias anteriores y encontrar razones para profundizar en él.
Esto no quiere decir que únicamente debamos aprender aquello que nos gusta. Leer, escribir, calcular y desarrollar habilidades complejas exige esfuerzo, incluso cuando no sentimos entusiasmo inmediato. La cuestión es encontrar maneras de relacionar esos aprendizajes con objetivos comprensibles y experiencias significativas.
En psicología, la motivación intrínseca describe el impulso de realizar una actividad por el interés o la satisfacción que produce en sí misma. La motivación extrínseca, por su parte, se relaciona con resultados externos, como una calificación, un reconocimiento o una recompensa.
Ambas pueden participar en el aprendizaje. Incluso una actividad que inicialmente realizamos por obligación puede adquirir un significado personal cuando comprendemos su utilidad.
¿Se puede entrenar la curiosidad?
La curiosidad no tiene que depender de encontrar un tema extraordinario. También puede cultivarse mediante pequeñas preguntas sobre la vida diaria.
¿Por qué algunas personas duermen mejor después de realizar actividad física? ¿Cómo influye la música en nuestro estado de ánimo? ¿Por qué una planta crece hacia la luz? ¿Qué ocurre en el cuerpo cuando sentimos miedo?
Cada pregunta puede convertirse en una oportunidad para investigar, contrastar información y descubrir relaciones entre diferentes conocimientos.
Para estimular este proceso, conviene evitar responder inmediatamente todas las preguntas de los niños. En ocasiones, es más útil preguntarles qué piensan, qué evidencia necesitarían para comprobarlo o dónde podrían buscar una respuesta confiable.
En los adultos también funciona como una invitación a explorar intereses que quedaron pendientes: aprender a cocinar, comprender una disciplina científica, estudiar otro idioma o descubrir cómo funciona una herramienta digital.
No es necesario dominar un tema desde el principio. La disposición a reconocer lo que no sabemos constituye un buen punto de partida.
Aprender también es una forma de conocernos
La curiosidad puede ayudarnos a identificar qué actividades captan nuestra atención, qué preguntas nos inquietan y qué habilidades queremos desarrollar. También puede ofrecernos experiencias de satisfacción personal cuando descubrimos que somos capaces de comprender algo que antes parecía complicado.
Para aprovecharla, es recomendable elegir un tema que despierte interés, establecer una pregunta concreta, consultar fuentes confiables y dedicar tiempo a practicar o explicar lo aprendido con nuestras propias palabras.
El proceso requiere paciencia. Habrá momentos de entusiasmo y otros de frustración. Aprender no siempre resulta sencillo, pero la posibilidad de avanzar poco a poco puede mantener vivo el deseo de continuar.
La curiosidad no garantiza una memoria perfecta ni elimina las dificultades de aprendizaje. Su valor está en algo más cotidiano y poderoso: nos da una razón para prestar atención, buscar respuestas y mantenernos abiertos a nuevas experiencias.
En un mundo saturado de información, quizá una de las habilidades más importantes no sea memorizarlo todo, sino conservar la capacidad de hacernos preguntas.
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