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¡Aprende a abrazar a tu familia tóxica!

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Érika Rivero Almazán / DIRECTORA DE MÁS SANA

 Los secretos que no se cuentan, los problemas de los que jamás se habla, las injusticias o inconformidades que se ahogan en el silencio, los límites que jamás se establecieron… Hijos que se quedan en esa faceta, renunciando a ser cabezas de sus propias familia por cuidar a sus padres, quienes por lo regular resultan ser dominantes y manipuladores que exigen ser mantenidos (en todos los aspectos)…

¡Son tan variadas las herencias familiares tóxicas que —gracias a la tradición– somos incapaces de ver! Y es que somos parte de ellas. Sólo cuando somos adultos y las cosas nos salen mal, y empezamos a tropezar con las mismas piedras, es cuando caemos en la cuenta de que algo anda mal. O peor: anduvo mal desde siempre.

La respuesta a cualquiera de nuestras conductas disfuncionales está en el seno familiar. El shock que produce el darse cuenta de la verdad es demasiado fuerte, al grado de que algunos prefieren volver a cerrar los ojos y fingir que no pasó nada, mientras que otros toman la decisión de romper con la familia, sobre todo con los padres. ¡Ojalá fuera así de sencillo terminar con el conflicto! Tener consciencia exige pagar un alto costo, e implica reconocer los siguientes factores:

  1. Nadie es culpable. Por mucho que mis padres me hayan dañado, la realidad es que ellos no tenían el conocimiento ni las referencias ni la capacidad para actuar diferente.
  2. Mi familia nunca va a cambiar. Ni espero que lo haga. El único que puede y debe cambiar soy yo.
  3. Debo aceptar a los demás como son, sin imponerles mis ideas. Pero, al mismo tiempo, siendo claro y sincero en poner los limites necesarios para impedir cualquier tipo de maltrato, abuso o manipulación, es decir, de todo aquello que atente contra mi felicidad. Porque mis padres, hermanos o demás familiares no deben estar encima de mi valor individual, de mi realización personal, profesional, o incluso, de mi propia familia cuando la llegue a formar.
  4. Perdonar no es un requisito obligatorio. No importa lo que haya pasado en mi infancia o adolescencia, ni cuánto me afectó lo que me hizo mi familia o mis padres. No fue ni mi culpa ni mi responsabilidad. Puedo perdonar, pero el perdón es un valor que también se gana, y si la otra persona no tiene la menor intención de reconocer su falta ni de reparar el daño, tampoco tengo la obligación de perdonarlo. Así de fácil. Lo que sí es vital es dejar ir el rencor, veneno que sólo nos afecta a nosotros.
  5. Es importante reconocer el pasado. Verlo con toda claridad, sin velos ni matices, sin minimizar los hechos y sus alcances, aceptarlo (porque sí pasó), reconocerlo, aprender de lo bueno y de lo malo, tomar las herramientas para ser mejor y no repetir ese padrón de conducta aprendido en mi seno familiar, para finalmente… ¡soltarlo!
  6. Lo único que importa en mi presente es la construcción de mi felicidad. Eso depende de mí y de nadie más. Por supuesto que se requiere coraje, tiempo, valentía y un corazón sensible para asumir tantas heridas y dolor, pero es la única forma de tomar el amor de mi familia imperfecta. Tan imperfecta como yo. En la medida que no me asfixie. Ni atrofie mi vida. Ni mi plenitud. Vale la pena intentarlo.

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