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Los días más extraños

19-2

Hoy es siempre todavía (Antonio Machado)

María Luisa Deles / ESCRITORA

Mi abuela Inés me enseñó las primeras cosas terribles e inútiles que aprendí en la vida. Yo tendría seis años cuando en un pedazo de cartón dibujó frente a mí las ochenta y ocho teclas de un piano y sobre él me hizo memorizar varias piezas, cuyo sonido yo no podía siquiera imaginar, sirviéndose de dos instrumentos fabulosos: su dedo índice paseando frente a mí si la ejecución se realizaba limpiamente y un certero puntapié, directo a mi espinilla, en caso contrario. Mientras aquello sucedía, desde la cocina nos llegaba incólume el aroma de unas castañas que la tía Mani asaba en un viejo comal. El silencio tomaba entonces la forma indescriptible de un humor melancólico. En ese sitio la música tenía olor en lugar de sonido.

Todo lo que mi abuela era capaz de crear involucraba cosas extraordinarias o seres deformes que plasmaba en extrañas pinturas para decorar su entorno. Por las noches solía relatarme sus más de veinte versiones de la leyenda de La Llorona y otros cuentos siniestros que convirtieron mis sueños de niña en una alucinación perenne, pero su más grande aberración fue quizá el inmueble que construyó frente a un claro enorme que, según le aseguró el agente inmobiliario, estaba destinado a áreas verdes de por vida. Allí, con la complicidad de un arquitecto tan incoherente como ella, erigió un extraño invernadero rodeado de una casa de dimensiones ridículas. Desde la ventana de su dormitorio podíamos escuchar el sonido del viento arremeter contra los maizales. Las matas crecían en el verano a la altura de una persona y culebreaban como fuentes danzarinas hasta que el invierno los convertía en torzales de paja y se esfumaba el color.

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A fuerza de repetir la misma historia logró persuadirme de que aquel sembradío era un bosque encantado en el que nadie iba a encontrarnos jamás, pues solo ella conocía la forma de entrar y salir. Yo la miraba incrédula desde mi uno veinte de estatura, pero había tanta seriedad en sus palabras que no me quedaban razones para dudar y la escoltaba obediente por una angosta vereda. Abríamos brecha con nuestras propias manos y en un punto del camino los maizales comenzaban a escasear dejando paso a una pequeña extensión de tierra seca donde nos sentábamos a descansar. Mi abuela desamarraba entonces una bolsa colgada a su cintura y sacaba algunas nueces y frutas que repartía en porciones iguales. Rato después se me quedaba viendo muy seria para de inmediato comenzar a jalarme las mechas —como ella llamaba al cabello– invitándome a hacer lo propio. En ello transcurrían interminables minutos de combate, halándonos del pelo una a la otra cada vez con mayor fiereza y tenacidad, hasta quedar tumbadas en la tierra, pachonas, desguanzadas y rojas de coraje. Nunca entendí el porqué de aquellos ataques, pero aprendí en ese modo que el dolor es también una forma de placer.

Mantuvimos ese ritual secreto durante años hasta que un sábado cualquiera abrimos las cortinas de su dormitorio y nos sorprendió una visión aterradora. Había en la entrada del claro lo que en principio nos parecieron varios tanques de guerra y que ya más calmadas reconocimos como la maquinaria pesada de un contratista. A Inés casi le da un infarto cuando supo que el gobierno había dado permiso de construir un fraccionamiento de interés social en su precioso bosque. Fue el principio del fin. A mí también se me hizo chiquita el alma mientras ella comenzaba a secarse de a poco.

Inés murió hace mucho tiempo. La mayoría de las casas en el fraccionamiento han sido convertidas en expendios de toda clase y la vida continúa sin las peculiaridades con que ella la vislumbraba. Los fines de semana se suceden en forma metódica y esa repetición hace del olvido una estrategia, pero en el verano y en las tardes suelo caminar por esa calle donde alguna vez vivió mi abuela. Cierro los ojos y, cuando el viento sopla con mucha fuerza empañando todo con su polvareda, el aroma de aquellos maizales se confunde con el olor de las castañas asadas y el hedor que embriaga al viejo sur de la ciudad. Allí debajo duerme el bosque encantado en el que, rodeada de monstruos entrañables y música silenciosa, habita la niña que fui.

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