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Copenhague, un placer para los sentidos

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La capital danesa ofrece un fascinante espectáculo con su incomparable sincretismo de civilización y naturaleza.

Enrique Delfín / VIAJERO INCANSABLE

Cuando uno planea un viaje para obtener un torrente de sensaciones, frecuentemente elige un lugar rodeado del inmenso y tranquilizante mar, aunque esta elección también se asocia con el agobio del sol y el calor, o la ausencia de opciones de disfrute fuera de las actividades de playa.

Por fortuna para los buscadores de experiencias tanto marítimas como culturales existen muchas ciudades a lo largo y ancho del mundo que las brindan generosamente, con climas templados que permiten un disfrute más sosegado. Una de ellas es la capital de Dinamarca, que asombra al visitante con una colección fantástica de arquitectura, arte, gastronomía y el simple placer de perderse en sus calles para admirar el entorno y dejarse llevar por toda clase de estímulos sensoriales.

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El World Hapiness Report, que clasifica a los países más felices del mundo, han colocado a Dinamarca en la posición número 3 y razones no le faltan. Su filosofía de vida hygge —basada en el cuidado de uno mismo, la comodidad y el bienestar común– aunada a sus excelentes condiciones sociales la han hecho una nación envidiable, y su capital es fiel reflejo de ello. El gobierno local ha logrado que una persona, estando en cualquier lugar de la urbe, no esté a más de 15 minutos a pie de una playa o un área verde, y el resultado es una ciudad plena de entornos naturales en la que respirar es un placer.

Por otro lado, la metrópoli es extensa pero su población —incluyendo el área conurbada– no rebasa los dos millones de habitantes, lo que convierte a las aglomeraciones y el tráfico en dos rarezas, sobre todo este último, pues hay una cultura del uso de la bicicleta que aligera las calles de automóviles.

Además del disfrute sensorial que significa simplemente estar ahí, la llamada Capital Feliz es pródiga en toda clase de bellezas arquitectónicas provenientes de varias épocas y estilos. Su colorido Nyhavn, emblemático paseo marítimo; sus palacios —entre los que destaca el Amalienborg, residencia de la familia real, compuesto por cuatro edificios de estilo rococó del siglo XVII—, varias catedrales e iglesias —como la Marmorkirken (Iglesia de Mármol), un imponente templo luterano del siglo XVIII–, y muchísimas plazas, museos, canales, monumentos y estatuas.

A pesar de que la ciudad conserva una apariencia clásica y atemporal, ha dado la bienvenida a vanguardistas manifestaciones arquitectónicas, como su Ópera, inaugurada en el 2005 y considerada como uno de los teatros más modernos del mundo, amén de edificios minimalistas que encajan perfectamente en el entorno urbano. Y este espíritu de aceptación de lo nuevo no se limita sólo a las construcciones: Copenhague es una de las ciudades más liberales del mundo y toda conducta o manifestación es bienvenida siempre que se adecúe al ambiente reinante de civilidad y respeto. Tal vez el ejemplo más notable de este espíritu de tolerancia sea su barrio hippie, autodenominado Ciudad Libre de Christiania, un espacio de 34 hectáreas parcialmente autogobernado por sus mil residentes, en el que tienen cabida pintorescas casas personalizadas, todo tipo de manifestaciones artísticas y hasta la venta y consumo de drogas blandas.

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La Sirenita

Hans Christian Andersen, el célebre escritor y poeta danés, tiene en esta escultura un homenaje atemporal de su pueblo.

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