Sin categoría

Sueños de tul

María Luisa Deles / ESCRITORA

La niña de la izquierda es ella. Ésa, la que tiene un pelo precioso y los ojos color de ámbar. Va en pantalones y lleva un collar verde de plástico. Siempre va en pantalones, aunque no siempre lleva un collar y menos verde y de plástico. ¿Ves cómo se está columpiando? Se mece en el aire como si nunca fuera a volver a poner los pies en la tierra. ¿Para qué? ¿Qué puede haber aquí? La de la derecha soy yo. La bien peinada, la de las tobilleras impolutamente blancas. Apenas sonrío. Tengo los dientes chuecos y estoy volteando para cuidar de ella, que sí está posando para la foto. Ésas éramos.

El columpio de en medio estaba roto y no nos dio miedo. No contemplamos que de tan viejos y oxidados en cualquier momento se hubieran podido caer los otros dos, con todo y nosotras. Ella toma un vuelo que es para siempre. Ágil, libre, lejos de mí y de lo demás. Yo quiero arrastrar los zapatos negros sobre la tierra seca para permanecer en el mundo de aquel ahora, donde el tiempo tuvo un sabor irrepetible. No sabíamos entonces que las cosas se podían romper, éramos pájaros arbitrarios en un lugar sin nombre. Todo se había detenido entre una cámara y el viento, y ese instante no volvería a ser lo que fue. Hoy nos veo y sé, sé perfectamente que éramos lo que no volveremos a ser.

23-1

Ese día también se murió Armando. Preguntamos que qué era morirse y respondieron que irse al cielo. Y, ¿qué es irse al cielo? Quisimos saber. Es estar en un lugar mejor, dijeron, y luego se pusieron a llorar. Con él, con Armando, se fueron también muchas de las primeras cosas que eran cercanas a la felicidad. Unos se salieron del camino y otros nos quedamos a estar. El tiempo no fue bueno todas las veces, pero nos sirvió para crecer y creer y volver a crecer y dejar de creer. Después, la niña de la izquierda y yo aprendimos que el cielo sólo existe para los que tienen alas. El cielo no era un lugar al que remontarse y ella tenía rotas las alas. Eran muy grandes y entonces no sabía que estaban rasgadas por la mitad, en cambio mis alas eran pequeñas, como de abejorro, pero yo tampoco sabía volar y no intuía que se podía aprender.

Tuvimos un hermano entre las dos, quiero decir, entre una y otra. Él también fue hermoso y también le crecieron alas que tampoco estaban rotas. Sus alas eran de gorrión y cuando supimos cómo, los dos volamos sobre la niña de la izquierda para ayudarla a alimentar su nido en lo que reparaba sus alas. Ése fue nuestro lazo irrompible. Volábamos en círculo, con mucho cuidado y sin estropear, porque ella tenía un mundo secreto. Allí las cosas ocupaban un lugar efímero y nosotros cabíamos solo a veces, a ratos. Todo transcurría diferente. Las horas eran largas y lentas y los espacios venían marcados con una seña indeleble. El mundo que ella podía concebir era inmenso y oloroso, como una flor de gardenia, así de perfecto y así de frágil.

23-2

Ella en sus horas vacías trenzaba sueños de tul en un telar pavoroso. La urdimbre era de color invisible y la trama se deshacía entre sus dedos de añil. La niña de la izquierda tejía siempre en las madrugadas, a solas, cuando el silencio se iba comiendo los puntos perdidos en la inmensidad de lo oscuro. Los sueños distintos que amanecían a la mañana siguiente caían sobre los primeros y volvían a ser entrelazados como si fueran nuevos. Ella era invencible. Tejió mucho más que la luna durante la vigilia de todos los tiempos, y nosotros la vimos hacer. Arrastró su infinita labor sobre el mundo secreto en el que no cabíamos, donde no cupimos por tener tan cortas las alas.

Éramos tres y nos amábamos a pesar y precisamente por eso. Ella era una mariposa cautiva enmendando sus alas grandes, inmensas, mientras nosotros volábamos siempre en un cielo prestado dentro del cielo de su propiedad. ¿Qué es irse al cielo? Todavía queremos saber. Es un lugar en el que estar mejor, dicen, pero luego se ponen a llorar. La niña de la izquierda ocupa nuestro cielo, que no es el de todos. Un día encontró la forma de pegar sus alas y se fue a volar dejándonos atrás, aquí, desde donde el azul parece de mentira y el tiempo avanza pavoroso y sin cautela. Ahora somos dos y hemos dejado de volar con nuestras alas cortas, porque desde este lugar, en el que el tiempo es un mientras tanto, el cielo se vislumbra como una masa informe imposible de tejer.

Categorías:Sin categoría

Tagged as: , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s