Sin categoría

Querida hermana…

María Luisa Deles / ESCRITORA

Figúrate, hermana, que hace días le doy vueltas a la posibilidad de hablarte con toda franqueza, pero por una cosa o por otra se me ha dificultado mucho esto de encontrar el valor. Tú sabes que la fuerza de voluntad nunca ha sido lo mío, ya ves cómo le empiezo una manda a san Juditas y al cuarto de hora ya ando queriéndome salir por la tangente. Y no vayas a pensar que quiero agarrarme de eso para justificar lo que hice; pude haber tenido mis razones —más que bien justificadas–, pero yo no soy el tipo de persona que avienta la piedra y esconde la mano.

Antes que nada, quiero decirte que debes asumir tu parte de responsabilidad en el asunto. Puede que ya no lo recuerdes, pero hubo un tiempo en el que a Antonio le dio por venir a verte muy seguido y yo tuve que recibirlo varias veces por esas idas tuyas a cantar al coro. ¿Cómo que por qué? Ni modo de dejarlo a media calle, ¿verdad? Mi mamá nos enseñó a ser muy correctas con las visitas y más siendo una que prácticamente ya iba a ser de la familia. Hay que aclarar que tu novio se veía siempre como muy formal, pero ni era tan guapo, eso sí tienes que reconocerlo. Ese bigotito que según tú era tan sexy, a mí —sin ánimo de ofender– me parecía de lo más pretencioso. Aunque bueno, lo que sea de cada quien, sí raspaba muy sabroso. ¡Oh! ¿Qué quieres? ¿A poco no?

20-1

Al principio me resistí con mucho empeño. Más porque se me hacía feo hurgar en tus cajones (por llamarlo de algún modo), pero por Dios que no te imaginas cuánto se obstinó él en convencerme y con cuántos argumentos me arrinconó hasta que no tuve más remedio que ceder a sus bajezas. ¿Cómo habían de calificarse, si no? Un día, cuando acababa de cerrar la tienda, el muy fresco se me apareció en el quicio de la puerta y con el pretexto de sacar plática, entre beso y beso se me enredó entre las piernas. Ya ves que a necio nadie le ganaba, y como me agarró de sorpresa, cuando quise defenderme ya era tarde. La mera verdad no me acuerdo bien de lo que pasó por mi cabeza ni de cómo fui a enlodar el apellido, que era el mayor orgullo de nuestro padre, lo cierto es que a partir de entonces cada vez me fue menos difícil recibirlo durante tus ausencias. Con decirte que llegó un punto en el ya no hubo más pudor entre nosotros que el indispensablemente necesario y comencé a esperarlo para administrármelo como una droga que tarde o temprano acabaría por corroerme como la herrumbre. No sabes, hermana, qué bien fundamentado está eso de que la carne es débil. No es nada más como lo ponen en las revistas, no. Llega un momento en que la razón no alcanza para detener a unas manos que te recorren lugares que ya no sentías tener en el cuerpo. Tú has de saber bien a lo que me refiero. ¿No? Bueno, pues eso es cosa tuya.

Después, además de los martes y jueves por la tarde, empezó a venir cuando te ibas a misa con mis papás. Recordarás que yo dejé de asistir al servicio del Padre Anselmo durante un tiempo. Pues bien, ahora sabes que no fue porque me negó la comunión un día que llegué con los hombros descubiertos, sino porque me quedaba en la trastienda atendiendo a tu novio. Mea culpa. Yo pienso que también Antonio ya lo hacía con premeditación, pero sí sentí muy feo cuando te canceló la boda y te pidió que le devolvieras el anillo. Era hermoso, ¿no? El anillo, mensa. Igual sintió remordimientos de conciencia, pero esa nunca fue mi intención, hermana, te lo juro. Si ese año hasta me fui a la procesión del silencio para ganar la indulgencia plenaria, porque tenía como un nudo en el estómago. La hice completita sin soltar palabra y dime para qué, si nunca pude recobrar del todo la tranquilidad.

20-2

Por solidaridad contigo no volví a recibir a Antonio, pero ni falta que hizo, ya ves, en menos de seis meses se enredó con Lucerito Cañas y hasta le hizo un hijo. No, si hay muchas que nomás ven burro y se les ofrece traslado. Créeme que cuando se casó con ella y te consolé por la pérdida, lo hice con limpieza de alma. Yo también lo eché de menos. Yo también les auguraba toda la infelicidad del mundo y que tuvieran hijos con cola de cochino… unos meses, porque, hermana, yo siempre he sido como menos rígida en los asuntos de amor. Luego vino lo de Martha, la hija menor de los González, ¿te acuerdas de ella, hermana? Tan sin chiste, tan apocada la pobre. Pero también fue sin querer, en serio. ¿Yo que culpa que su hombre fuera tan ligero de cascos y esa tarde estuviera tan borracho? Sí, estoy de acuerdo en que ella era amiga tuya y lo quería más que a su propia vida, pero si él no estaba tan enamorado como decía… En fin, eso no era lo que te quería contar.

Siempre consideré un exceso de tu parte el que te quedaras para vestir santos, y con tan buena mano, ¡caray! Tú no eras fea. Un poco simplona, quizá, pero nada que no hubieran arreglado una falda corta y tantito maquillaje. Si me hubieras hecho caso cuando te dije que Juan Benito Carrasco te veía con buenos ojos, otra hubiera sido tu historia. ¡No llores! Que no te lo digo para molestar, a ver: ¿Para qué tanto libro? ¿Para qué tanto levantarte temprano? Si nada de eso te hizo justicia a la hora de pescar marido. Ya sé lo que estás pensando, pero lo mío fue diferente, no me mires así. Yo no me casé porque no se me dio la gana y no porque nadie me lo hubiera pedido. Por ejemplo, ahí estaba Sebastián Martínez, el del aserradero. ¿No le anduvo contando a medio pueblo que me iba a entregar su acta de nacimiento como si fuera factura? No señor, yo después de darme cuenta de lo que son los hombres, mejor no me quise meter en problemas domésticos, ¿pa’qué?

Total que de plano hoy sí amanecí muy mortificada, porque siento que no andas muy bien de salud. Cada que te veo con ese vestido negro y con tu pelo lleno de canas me entra una angustia que hasta duele. Me viene un desguanzo en el cerebro y siempre me digo que ya después de tantos años sería bueno confesarte mis pecadillos de juventud. Ya estamos viejas, hermana, y sólo nos tenemos la una a la otra. ¿No se te hace que es mejor hablarnos con la verdad? ¡Ay, no me veas así que me das miedo, Teresa! ¿Ya ves por qué luego no te quiero contar las cosas?

Categorías:Sin categoría

Tagged as: ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s