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El valiente

María Luisa Deles / ESCRITORA

 

A Paty

El hervidero de gente expulsaba variados olores. El tufo del cuero de las chamarras y los perfumes de las señoritas se confundían con el aroma de las chalupas, elotes y pan de fiesta despedidos por los puestos de por ahí. Eulalio Salvatierra desmontó en bárbara ejecución entregando inmediatamente las riendas de su caballo azabache a un mocoso de por ahí; se acomodó el sombrero, el moño del pescuezo, y se fajó al tiempo en que sacudía los pies para quitarse el polvo de las botas de piel de múcura. Era el primer día de la feria de San Felicísimo Mártir, de cuyo cuerpo casi incorrupto era muy devoto el padre Macario.

Los sanserenos saludaron a Eulalio con respeto. Era un hombrón de espaldas anchísimas y largas extremidades, pelo serpentino en color caoba y la piel tan blanca como la leche que daban sus vacas. Al pasar asentía con elegantes movimientos de cabeza y aunque contaba ya treinta y seis años y un incipiente mondongo se iba gestando sobre la hebilla de su cinturón, viudas jóvenes y solteras en general se lo disputaban para marido por las muchas cabezas de ganado que poseía. Llegó a la mesa de lotería, a cargo de don Lupe, el cantinero, y se acomodó en una silla de palo pintada de azul. Se habían sentado también doña Jacinta, la dueña del aserradero, don Cipriano Sotomayor, gerente del banco, Aparecida y Altagracia Vélez, dos solteronas de cuya fealdad y asimetría se hacía escarnio en siete pueblos circunvecinos, una horda de fuereños, y alguno que otro trabajador de las haciendas dispuestos a jugarse el jornal.

19-1

Luego de frotarse las manos el cantinero anunció el inicio de la primera ronda: Corre y va corriendo… Con los cantos de sirena, no te vayas a marear, gritó al tiempo en que Salvatierra colocó el primer frijolito sobre la imagen de La sirena. Pórtate bien cuatito, si no, te lleva el coloradito ¡Eeeel diablitooooo! La herramienta del borracho… ¡Laaaa boteeeella! Tanto bebió el albañil que quedó como barril… ¡Eeeeel barriiiil! El que le cantó a San Pedro no le volverá a cantar… ¡Eeeel gallitooooo! Las cartas se sucedían en armoniosa secuencia. Eulalio logró hacerse La botella, pero luego ninguna otra figuró en su tarjeta. Sus manos jugueteaban con las habichuelas mientras con ojo presto patrullaba los cartones de sus contendientes, cuando de improviso, al canto de: Las jaras del indio Adán, donde pegan, dan… ¡Laaaas Jaaaras!, se oyó la voz de ruiseñor agripado de doña Jacinta ¡Looooooooteríaaaaaa! y Salvatierra no pudo evitar un desagradable bufido, pues era lo que se conoce como un mal perdedor. Tan grande fue su muina, que para la siguiente ronda pidió llevar la tarjeta que acababa de ganar, nomás de puro envidioso.

La noche era particularmente fresca y clara y los mariachis no paraban de entonar las rancheras de moda contraviniendo el conocido dicho: “Músico pagado toca mal son”, pues su canto era auspiciado de antemano por el municipio. La guía de los marineros… ¡Laaa estreeeella!, continuó don Lupe, la garganta recién aclarada con un mezcal que permanecía oculto en una inocente cantimplora. Al nopal lo van a ver, nomás cuando tiene tunas… ¡Eeeel nopaaaal! Salvatierra había marcado quince de las dieciséis figuras de la tarjeta y una discreta sonrisa se instaló en su rostro de niño con juguete nuevo al son de No te arrugues cuero viejo, que te quiero pa’tambor, que lo proclamó victorioso.

El párroco consentía diez pesos por entrada y una vez llegado el límite de las apuestas monetarias, consentía que las rondas recayeran sobre la entrega de aves de corral, láminas y tablones, asesorías financieras o sutiles colchas a gancho tejidas a cuatro manos por las señoritas Vélez. Los menos pudientes eran libres de alquilar sus propias personas para hacer trabajos de limpieza, repostería o construcción y el valor de cada apuesta era el mismo. “De acuerdo al sapo es la pedrada”, decía muy complacido el sacerdote ante la impartición de justicia y equidad.

Al filo de las nueve se presentó Brígida Almanza en el recinto ferial. Poseía una finca en un pueblo más allá de las montañas y era difícil que se le viera por Santa Serena, excepto durante los festejos del mártir y en tiempos de siembra, cuando bajaba a surtirse de fertilizante y otros arreos. Se apeó de una yegua albina y se dirigió al casino luciendo espectacular belleza. Su piel tenía el tono arcilloso de una múcura recién horneada, los ojos eran prácticamente negros y de cuerpo era maciza como silla de montar. Llamaba particularmente la atención de los sanserenos por nunca desprenderse del fuete y ser la única dama en varios kilómetros a la redonda que vestía ropas de macho, iba enfundada en huelgos vaqueros, camisa a cuadros y recias botas de amazona.

Al verla llegar, Salvatierra sintió un golpe en el ventrículo izquierdo y un latigazo de sangre salió despedido hacia la aorta. Ella situó el fuete a su diestra y a Eulalio le corrió un hilito de helado sudor en la rabadilla. Cómo le gustaba esa hembra.

– Oiga Salvatierra, ocupo unas diez cabezas de ganado, dígame ¿qué pide a cambio? –Anunció una Brígida de voz conspicua.

– Pues mire señorita Almanza, pedir, pedir, no tanto. Más bien lo que ocupo es una buena esposa, bien dada pa’l trabajo recio y dispuesta a criar hartos hijos. ¿Qué me dice?

19-2

Con la venia del renuente párroco, don Lupe dio rienda suelta a un nuevo desfile de cartas. El caso que te hago es poco… ¡Eeeel caaazo! La muerte siriqui siaca, la muerte tilica y flaca… ¡Laaaa calacaaaa! Frijoles iban, frijoles venían, Salvatierra había colocado siete cuando Brígida marcó el venado, su décimo tercera figura. Tanto va el cántaro al agua, que se quiebra y te moja las enaguas…  ¡Eeeeeel cantaritooooo! Tú me traes a puros brincos, como pájaro en la rama… ¡Eeeel páaaaaro! Por qué le corres cobarde, trayendo tan buen puñal… ¡Eeeel valieeeenteeee! –¡Looooteríiaaaaa!, –cantó la señorita Almanza poniéndose de pie y levantando el fuete sobre su cabeza con ambas manos.

Un estrepitoso silencio traspasó las fronteras del improvisado garito.

– Ni hablar mi alma, me ganó a ley. Usté dirá cómo y cuándo hacemos la entrega.

– Yo le mando recado Salvatierra, no tenga pendiente.

– ¿Me permite invitarle un agua de horchata o un tepache helado? Nomás pa’cerrar la transacción.

– No se afane mi estimado, no hay necesidad alguna. –Dicho lo cual, la mujer dio media vuelta y se alejó meneando las trancas con singular cadencia.

Un centenar de miradas atónitas se prendió a las bolsas traseras del pantalón vaquero. Eulalio siguió las trazas sobre la senda de tierra, donde las espuelas de Brígida dejaron un ondulante rastro, y la negrura de la noche se comió de un mordisco su apetitosa figura.

Horas más tarde los primeros rayos de un espléndido sol primaveral se extendieron sobre las tejas de barro en el oriente de Santa Serena. Salvatierra entró en su habitación, todavía a oscuras, para despojarse de pistola, moño, sombrero, camisa y pantalón. Se enjuagó la boca y se metió en la cama que había supuesto fría. Las sábanas lo recibieron con un ligero calorcillo perfumado con agua de rosas y benjuí.

— Vengo a la tienta del ganado, Salvatierra. No me vaya a llevar al baile–, dijo la diva.

Esa mañana la cobija de los pobres no entró por las ventanas del dormitorio de Eulalio Salvatierra, a quien todos echaron en falta durante los siguientes siete días que duró la feria de San Felicísimo Mártir.

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