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Estambul, tradición y modernidad

Enrique Delfín / VIAJERO INCANSABLE

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Pocas ciudades del mundo pueden presumir de un perfecto sincretismo entre la tradición y la modernidad como Estambul. Al estar situada justo en el estrecho del Bósforo —que separa a Europa de Asia–, estuvo destinada desde su fundación en el 667 a.C. a ser punto de encuentro de innumerables civilizaciones y culturas, crisol de la diversidad, capital de más de un imperio, mutable como sus muchos nombres —Bizancio, Augusta Antonina, Nueva Roma, Constantinopla–, pero imperturbable como los mares que la rodean.

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Caminar por sus calles de caprichoso trazo es hacerlo por buena parte de la historia del mundo occidental, porque conserva por doquier huellas de los imperios Romano, Bizantino y Otomano, pero al mismo tiempo ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, a su papel de la ciudad más poblada de Turquía y estandarte de un estado laico que se resiste a la rigidez islamista propia de la mayoría de los países cuya población adora a Alá.

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Cisterna Basílica

La modernidad, pues, no es ajena a Estambul, lo que se aprecia en los vanguardistas edificios que conviven apretujadamente con edificaciones del pasado más remoto, en su gente vestida a la usanza occidental —la mayoría de las mujeres no llevan velo y muestran orgullosas su oscura cabellera– y en su evidente orgullo de pertenecer, al menos en parte, a Europa.

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Palacio de Topkapi

Pero su vocación innovadora no la ha apartado de sus tradiciones. Por doquier el visitante encuentra mercados con aromáticas especias, mezquitas que cinco veces al día llaman con estruendo a la oración de los fieles, diminutas mesas a pie de calle en las que locales y visitantes paladean el delicioso café turco…

Y para el que quiera olvidar —absorto en la contemplación de alguno de sus muchos rascacielos– que Estambul es sinónimo de historia, ahí están las huellas de su pasado más remoto:  sus barrios tradicionales, la impresionante Hagia Sophia (que en sus casi mil 500 años de vida ha sido catedral, mezquita y ahora museo); la Mezquita Azul del siglo XVII, ornada con 20 mil azulejos fabricados a mano; el Palacio de Topkapi, hogar de los poderosos sultanes durante cuatro siglos; la Cisterna Basílica, construida durante el Imperio Bizantino; la medieval Torre de Gálata, desde cuyas alturas se puede apreciar el incomparable paisaje de su entrañable caos urbano y el mar que lo rodea… En suma, la legendaria Constantinopla demuestra que pasado y presente no son enemigos irreconciliables, sino hermanos capaces de generar grandes bellezas.

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Especias en el Gran Bazar

Dos palacios, dos épocas

La capacidad de adaptación de Estambul es fehaciente en dos de sus más emblemáticas construcciones: los palacios de Topkapi y Dolmabahçe.

El primero es un inmenso complejo que cubre una superficie de 700 mil metros cuadrados. Edificado a mediados del siglo XV siguiendo las normas de la arquitectura seglar turca, fue el centro administrativo del imperio Otomano de 1459 a 1853, y los muchos sultanes que lo habitaron fueron añadiéndole nuevas estructuras.

Pero el siglo XIX trajo vientos de cambio y —en una Turquía ávida de insertarse en la órbita europea– el sultán Abd-ul-Mejid se trasladó al hermoso palacio neobarroco erigido en la orilla del Bósforo, lleno de fastuosos tesoros y rodeado por exuberantes jardines.

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Palacio Dolmabahce

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