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Lágrimas claras

María Luisa Deles / ESCRITORA

Se llamaba Erasto y le decían el Gato. Zozobraba por no recular y sorbía los restos de la leche tibia donde antes de eso, triste y azul, había sopeado sus conchas rellenas de crema pastelera relamiéndose los bigotes. Catorce años había sido feliz, sin contar las dos ocasiones en que los Reyes Magos se olvidaron de pasar por su casa para premiar su buen comportamiento, y la vez que unos extranjeros de la Santa María Norte le ganaron la bombocha colorada en un chiras pelas bien cochino. Catorce años, diecisiete días y seis horas sintiéndose el novamás de la colonia porque nunca nadie le había desvencijado el cuore a falta de arraigo y oportunidad.

19Luego enfermó de amor. Ella se llamaba Martha, se llamaba Martha, se llamaba así, y le decían la Culi. En trescientos metros a la redonda no había otra con semejantes… denominación de origen y exótica estirpe. Quiero decir con esto que la morra era de Culiacán, de padre polifacético y madre yoreme, piernas macizas, caderón soberbio y ojos de cayuco abanicados por densas pestañas. Le sacaba al Gato más de diez centímetros de alto y veinte de ancho, cuatro años siete días y varias horas de vuelo. Y el Gato para acá, el Gato para allá; y Erasto iba para allá queriéndola arrinconar en los confines de la azotea, detrás del tinaco donde una hilera de tendederos cargados podía proporcionarles cierta privacidad. Y la Culichi se lo traía asoleado con que ‘ora no, mañana sí, deja pensarlo bien, qué tal si no eres quien yo espero… pero mientras vete por unos esquites, que ya me dio el antojo; y anda a ver si ya se puso la de los molotes, que si te portas bien, te dejo que me invites uno de tinga.

Y casi todas las noches eran de invierno en los confines oscuros de la azotea sin luna, sin amantes, sin gasto, sin oficio ni vocación. El Gato se merendaba su vaso de leche con las dos conchas de marras y de nuevo subía al terrado, que era de muchos metros, cargando una ruana de peluche manso por si esa noche era su noche y la Culi por fin se dejaba hacer. Y Gato vete para allá que ahí viene mi amá, decía la sobredicha, con esa voz de terciopelo rasgado por la mitad como nunca volvió a oír otra. Y Gato mira que eres terco, estúpido, necesitado y pecalón, y Gato deja ya de ronronear… y Erasto se consumía en la espera, volcado en un deseo vejatorio, triste y azul, mientras se recordaba siendo un chiquillo, qué alegría. Querida, querida, vida mía.

Y una tarde de otro invierno, la morra, la Culi, Martha, culichi de todas sus miserias, Marthita su amor, desvarío noctámbulo acéfalo de luna y simiente atrás de la verja, y así en tus ojos algo nuevo descubrir, salió vestida de blanco con flores en el pelo y en el lazo de la cintura, un ramo de migajones laqueados con resistol y seguida de varias escuinclas levantándole una cola larga como de tortillería: lágrimas claras de primavera. En el fondo, qué es la vida, no lo sé, presiento que tú estás en esa estrella, más siempre serás en mi vivir. Y la concha se hundió en el blanco brebaje con el peso de las tragedias inauditas que bogan en el mar del desaliento. Las rosas decían que eras mía. La la la la la la la la la…lágrimas claras de primavera…

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