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Cuando el ego destruye

Enrique Delfín / ANALISTA DE CINE

En todas las listas de las mejores películas de todos los tiempos suele aparecer —siempre en los primeros lugares– la impresionante ópera prima de Orson Welles, Ciudadano Kane, que estrenó en 1941 cuando sólo tenía con 26 años y ninguna experiencia previa en la realización cinematográfica. Y es que Wells era un genio precoz, dueño de una magnética personalidad y —por supuesto– un ego descomunal.

Tanta era la seguridad del debutante que no sólo asumió las funciones de productor, director, guionista y actor principal, sino que también se atrevió a desafiar con este filme a otro talento descomunal: William Randolph Hearst, magnate de la prensa y radio, hombre poderosísimo que al momento del estreno de la cinta ya era un anciano en pleno declive físico y económico.

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Sin embargo, el envejecido león reaccionó con furia al enterarse de que la historia era una indisimulada biografía de él, retratándolo como un hombre sin escrúpulos y sediento de poder que manipuló a la clase política y a la sociedad estadounidense durante décadas, al tiempo que se enriquecía sin límites y construía un castillo en un terreno de casi cien mil hectáreas, para llenarlo de tesoros artísticos traídos de todo el orbe.

Lo que siguió fue una cruenta batalla, un auténtico choque de trenes. Hearst movió todos los hilos del poder que aún conservaba para prohibir la difusión de la película —incluso estuvo a punto de destruirla–, mientras que Wells le hizo frente armado únicamente de su prestigio como artista. El resultado no podría haber sido otro: el filme logró sobrevivir y la historia del cine hizo de él uno de sus principales referentes, pero fue casi ignorado en la estrega de los premios Oscar y a partir de ahí la carrera cinematográfica de Wells, que apenas iniciaba, entró en un franco declive del que nunca se recuperó. Jamás volvió a filmar con el presupuesto ilimitado y la libertad creativa de los que gozó en su debut, y —a pesar de lograr un puñado de películas inmortales– nunca logró igualar la genialidad artística de Ciudadano Kane.

Al magnate de los medios de comunicación tampoco le fue mejor: su imperio y él mismo colapsaron y —diez años después del enfrentamiento con el cineasta– murió casi olvidado por la sociedad que en el apogeo de su gloria siguió y creyó a pie juntillas sus manipuladoras noticias. La crónica de la guerra entre Wells y Hearst fue narrada en el imperdible documental La batalla sobre Ciudadano Kane, de 1996.

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