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La orgullosa París

Enrique Delfín / VIAJERO INCANSABLE

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Afirmar que París es una de las ciudades más bellas del mundo ya es un lugar común, una perogrullada, un cliché extremadamente desgastado… pero es imposible dejar de decirlo una y otra vez, al apreciar sus incontables tesoros artísticos y arquitectónicos —acumulados a lo largo de sus más de dos mil años de existencia–, que luce con el mismo orgullo con el que una reina muestra al mundo las relucientes joyas que la adornan.

Pocas urbes pueden presumir de un legado tan rico y variopinto, de una multiplicidad de estilos que van desde el gótico hasta el contemporáneo, pasando por el barroco, neoclásico, moderno… y todo perfectamente ensamblado gracias a estrictos códigos de conservación y construcción, no exentos de algunas excepciones que han desatado grandes polémicas (leer recuadro en la siguiente página).

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No sólo es una de las ciudades más visitadas del orbe, sino también una de las más conocidas. ¿Quién ignora la existencia de la torre Eiffel, el Arco del Triunfo, la catedral de Notre-Dame, el museo de Louvre, la avenida de los Campos Elíseos, el Moulin Rouge, los puentes sobre el río Sena? Y París es mucho más que eso: sus tradicionales barrios (como el legendario Montmartre), sus grandes bulevares producto de la gran reforma urbanística emprendida por el barón Haussmann en el siglo XIX, su impresionante colección de museos y galerías de arte, sus famosos cementerios, sus extensas áreas verdes y su interminable oferta de eventos artísticos, culturales y deportivos…

La capital gala no sólo merece ser visitada, sino vivida. Cierto es que no cualquiera puede darse el lujo de permanecer ahí más que un puñado de días —es una de las ciudades más caras del planeta–, pero habrá quien tenga la suerte de poder quedarse más tiempo para apreciar a detalle no sólo sus atractivos físicos, sino el indescriptible día a día parisino.

Despertar en una minúscula buhardilla, entrar en una boulangerie a comprar una deliciosa baguette, pasear por las calles y avenidas apartadas de los puntos turísticos y luego tumbarse a descansar en el hermoso jardín de Luxemburgo para solazarse con el cielo primaveral. Comer un asequible menu formule en alguno de sus tradicionales cafés o restaurantes, para después hacer la digestión a pie o en bicicleta en el enorme bosque de Bolonia —su principal pulmón– y ya de regreso recorrer, una y otra vez, las riberas del Sena.

“París bien vale una misa”, dicen que dijo Enrique de Navarra antes de convertirse al catolicismo para poder reinar en la Francia de finales del siglo XVI y principios del XVII. Y tenía razón.

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Hermosas cicatrices

Es tanta la belleza de la capital francesa que hasta sus despropósitos arquitectónicos le lucen bien, y no sólo eso, son considerados parte insustituible de su identidad.

Cuando a finales del siglo XIX se comenzó a erigir la torre Eiffel, no faltó quien se refiriera al proyecto como un monstruo de hierro que afearía irremediablemente a la ciudad con sus 300 metros de altura. Luego, en la década de los 70, le correspondió al Centre Pompidou relanzar la polémica, gracias a su fachada high-tech de barras y tubos, que contrasta diametralmente con el entorno tan clásico del centro de la urbe (los parisinos lo llaman, despectivamente, La fábrica de gas).

Más recientemente la pirámide de cristal del museo de Louvre volvió a encender los ánimos de los puristas, pues la consideraron “una cicatriz en el rostro de París”.

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