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Carolina Beauregard: Niños de la calle… los invisibles

La autora de este artículo estudió la licenciatura en Ciencias Políticas en la UPAEP y la maestría en Ciencias Políticas en la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid, España.

Fue diputada local por el Partido Acción Nacional en la LIX Legislatura del Estado de Puebla, representando al Distrito X de Puebla Capital. Como legisladora presentó iniciativas de ley relacionadas con el bienestar de la niñez poblana.

También se ha desempeñado como coordinadora general de organizaciones de la sociedad Civil en la campaña electoral de la gobernadora Martha Érika Alonso, funcionaria municipal, voluntaria en organizaciones sociales, activista en campañas del PAN, columnista y docente.

alone sad child playing on a street

En cada esquina, en cada semáforo y en cada calle transitada de Puebla, hay una niña o niño menor de diez años pidiendo limosna o vendiendo algún producto. Esta escena forma parte ya de la cotidianeidad de la ciudad. Nadie se inmuta, a nadie le indigna, no es tema en la sobremesa ni ocho columnas en los periódicos. ¿Traducción? Terrible, pero ya nos acostumbramos.

Según datos de la UNICEF, de los casi 40 millones de niñas, niños y adolescentes en México, más de la mitad son pobres, cuatro millones viven en pobreza extrema y seis de cada diez han vivido algún tipo de violencia. El estado de Puebla ocupa el segundo lugar —junto con Zacatecas y Guerrero– en ocupación infantil no permitida, de acuerdo con datos del INEGI. El último censo de niños en situación de calle en Puebla data del 2013.

Vivimos un problema grave de descomposición social, y la niñez es la primera en ser ignorada y violentada. Los primeros seis años de vida, denominados primera infancia, son determinantes en el futuro de una persona: cómo se alimente, estudie, sea tratado y amado lo prepararán para una vida sana y feliz, o todo lo contrario. Y aunque origen no siempre es destino, es muy probable que un niño de la calle caiga en la delincuencia para subsistir.

Gobierno y sociedad debemos trabajar por poner en el centro de la agenda a la primera infancia. Los niños no votan, no son ciudadanos y no pueden quejarse; sólo esperan que los adultos los protejamos como lo que son: más preciado de la sociedad; que nos importe y ocupe ver niños en nuestras calles, porque todos sus derechos son trastocados con la anuencia de una comunidad indolente y por tanto cómplice. De ahí la necesidad de voltear a verlos y que dejen de ser socialmente invisibles. En nosotros está la diferencia.

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