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Quiero relatar lo que a mí me sucedió

María Luisa Deles / ESCRITORA

Recientemente asistí a una convención en Playa del Carmen. Había comprado un precioso juego de bolso y maleta para llevar en cabina. Qué ilusa. Antes de abordar, un empleado de la aerolínea de los cuadritos de colores anunció que debíamos entregarles toda maleta rígida con rueditas. A cambio de llevarla conmigo me pedían 500 pesos que no iba a desembolsar y les solté la petaca. Cuando ya todos abordaban en desorden vi a algunos listillos subir con sus bagajes rodantes como si nada. De regreso hago lo mismo, me dije. Faltaba más.

Al llegar recuperé mi equipaje, que de milagro salió ileso, pero había olvidado el bolso bajo el asiento del avión y tuve que acudir al mostrador 114, donde se encuentra el servicio a clientes. Ahí estaba mi flamante bolsa nueva y para recuperarla solo presenté mi credencial del INE. Afortunadamente la traía en el bolsillo superior de la chamarra, le sacaron copia y volví a ponerla en el mismo lugar. Durante el traslado terrestre fui enviando mensajes a mi familia y a Facebook para contarles lo del bolso y la afrenta del equipaje. Entre mensajes guardaba el celular en el bolsillo de la chamarra, junto a la credencial del INE, repitiendo la operación no sé cuántas veces y al hacer el registro en el hotel me di cuenta de que ya no la traía. Maldita sea mi suerte. Soy una mujer muy precavida y no llevé ninguna otra identificación, no se me fueran a extraviar. Volví a revisar el transporte y todavía regresé escaneando el piso del vestíbulo antes de acudir con cara de “¿Por qué a mí, señor?” a pedir ayuda en la recepción. Allí me permitieron hacer el registro con la copia impresa de la fotografía del pasaporte que de puro churro traía en el celular. Qué alivio, pensé por un instante. Nomás que enseguida la voz de un gusanito ladino me trepanó el cerebro: Sí, Marcela, y ¿cómo piensas abordar de regreso?

Era domingo. La agenda marcaba un coctel de bienvenida a las siete, así que apenas tuvimos tiempo de llegar al evento en una explanada sobre la arena. Los dos únicos lugares disponibles estaban en la barra, donde los meseros descargaban a los muertos (los vasos vacíos) y por eso permanecían desocupados. Allí me senté justo a tiempo para ver caer un copioso chaparrón que acabó con el festejo mucho antes de que yo pudiera dar cuenta del primer coctel. Esa noche no pude conciliar el sueño. Nada me quitaba de la cabeza que aquello era una continuación del mal agüero. Al día siguiente le escribí a la asistente de mi jefe. Ella me salvaría de mí misma, como siempre. Mucho más tranquila me fui a la angustiosa conferencia de César Lozano y dos horas después tenía los primeros mensajes en el celular. Ya estuvo, pensé. “No te van a dejar pasar. Hablé a la aerolínea y con la agencia y dicen que vayas viendo que alguien de tu casa te envié el pasaporte o la licencia. “¡Rayos!”, dije, y me arranqué a la recepción por si las influencias del hotel pudieran servir para arreglar mi escabroso asunto.

De ahí me enviaron a Concierge. Volví a contar lo sucedido y revisaron sus computadoras. Mi credencial no había sido reportada. El resto de la tarde se me fue encerrada en la habitación rogando por un milagro. El martes temprano volví a apersonarme en Concierge. Nada. Mi vuelo salía el miércoles a las 10:30 y cada vez me ponía más nerviosa. A medio día llamé al aeropuerto. “Buenos días, soy una turista en Playa del Carmen y el domingo perdí mi credencial del INE. No traigo otra identificación y quisiera saber cómo puedo abordar…” “La comunico a Servicio al pasajero”. “Buenos días, soy una turista en Playa…” “La comunico a Objetos perdidos”. “Buenos días, soy…” “La comunico a Seguridad”. “Buenos días…” “Uy, señorita, va a tener que ir a la Fiscalía a presentar denuncia”. Para qué esperar. Bajé otra vez a Concierge y les conté. Me miraron con lástima y me pidieron un taxi cuya tarifa era de 350 pesos hasta el centro de Playa del Carmen, a veinte minutos de ahí, pero llegando el chofer se encajó con 400.

La oficina de la Fiscalía estaba desierta. No podía creer mi suerte. “Buenos días, vengo a levantar…” “Salga por el pasillo y en la siguiente puerta”. Segunda oficina, vacía. “Buenos días, ven…” “Salga por el pasillo y en la última puerta”. Allí había más de treinta parroquianos en fila india. Unos iban a sacar la carta de antecedentes no penales y otros íbamos por la constancia certificada de pérdida de documentos oficiales, con un costo, no podía dar crédito, de 844 pesos. Rabiosa y resignada pagué para luego de hora y media pasar con la licenciada, que nomás le cambiaba el nombre a su machote y firmaba y sellaba el acta en menos de diez minutos. Taxi de regreso: 350 pesos. Hora de llegada, 14:00. Entonces decidí aprovechar mis últimas horas en el hotel desquitando con comida y alcohol la falta de descanso. Tragué y bebí, volví a beber y volví a tragar, luego nomás bebí y luego nomás tragué, hasta que no pude más y me fui a dormir.

Al otro día bajamos a desayunar en punto de las seis. Treinta minutos después estaba en la recepción para hacer el check out, olvidarme de todo y volver a mi oficina de donde nunca debí haber salido. Todo en orden, no debía nada. Faltaba más. “Esperamos que su estancia haya sido fabulosa”. “Sí, muchas gracias”. “Vuelvan pronto”. “Claro, cómo no”. “Que tengan buen viaje”. “Gracias otra vez”. Me dirigía hacia la salida, toda hinchada y más cansada que nunca, cuando escuché a mi espalda la voz del recepcionista: “Oiga, señora, ¿usted perdió una identificación?”. “Sí”, le dije. “Ah, es que aquí la tengo”.

De regreso me volvieron a quitar la maleta.

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