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Cómo liberar a la familia de sus relaciones nocivas

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Todos deseamos pertenecer y luchamos porque así sea, pero nos perdemos en una maraña mental, emocional y espiritual.

Irma Azomoza / PhD EN PSICOLOGÍA TRANSPERSONAL

Muchas investigaciones han arrojado que lo que realmente hace feliz a la gente son sus relaciones familiares; sin embargo, la experiencia también nos revela que es en el núcleo familiar donde surgen los mayores problemas. Cuando las personas acuden a terapia suelen tener como primera referencia de sus conflictos la relación con sus padres… ¡y de ahí parte todo lo demás!

Uno no puede dejar de preguntarse el porqué de lo anterior, pero una mirada atenta nos lleva a descubrir lo perjudicial que resultan: la sobreprotección, el amor distorsionado, la falta de reglas y límites, el respeto mal entendido, los rencores encubiertos, los recuerdos dolorosos,  los comentarios indirectos, la solidaridad convenenciera, las compensaciones por culpas, los problemas cotidianos y la falta de paciencia, tolerancia y generosidad… ¡es casi imposible mantener la salud emocional bajo tanta presión!

10-1No se puede afirmar que haya maldad en estos comportamientos. Los padres, cuando les resuelven la vida de manera innecesaria a los hijos, no lo hacen con una segunda intención, ni tampoco cuando les zampan sus sacrificios para sacarlos adelante; sin embargo, tampoco tienen la educación emocional necesaria para dejar estas conductas equívocas.

Las relaciones interfamiliares podrían ser mejores si tan solo cambiáramos las formas y las creencias y aumentáramos la tolerancia y la inteligencia emocional, ya que en el fondo lo que deseamos por encima de todo es disfrutar a la familia; sin embargo, esa “mecha corta” que tenemos es el resultado de esforzarnos todo el tiempo, de preocuparnos, de controlar, de no mostrarnos vulnerables y de mantener el orden en un caos de confusión.

Más que toxicidad, creo que el problema radica en que no solemos pensar racionalmente y nos dedicamos a castigar y gratificar alternadamente como resultado de esa ola de enojo, coraje e intolerancia que hemos conseguido a lo largo de nuestras experiencias. Insisto, ningún miembro de la familia es tan malo como para perjudicar lo que en teoría quiere más. Nadie afecta a otro por placer, lo hace por liberar el estrés interno que le permite entrar en un confort patológico del que ya se volvió adicto.

Todos deseamos pertenecer y luchamos porque así sea, pero nos perdemos en una maraña mental, emocional y espiritual. Esto puede cambiar si así lo deseas y trabajas en ello. Expresa todo lo que no has dicho; si tienes riesgo de ofender, hazlo en el campo o métete a un torneo de box y dale vuelo a los golpes. Toma un control en tu mano y confiésale que no lo necesitas; ponte un traje de Supermán que te proteja de todo lo que sientas que te agrede.

Escribe y guarda en un saco viejo todo lo que sientes que te ha ofendido; luego póntelo, quítatelo, quémalo y entierra sus restos, para acabar con todo el enojo que te hace encubrir tus actos ofensivos. Al final métete en una bañera aromatizada con jazmín e iluminada con una vela que te hagan recordar lo valioso y maravilloso que eres, y así lograrás que la luz que hay en tu corazón ilumine tu inteligencia para que ya no seas tóxico, sino apreciado en todos los momentos en los que te relaciones con otros en tu vida.

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