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Los secretos generacionales, fuente de traumas y conflictos

Cada familia es como una olla psicológica, con sus secretos, tabúes, silencios y vergüenzas… y todos caemos en ella durante nuestra infancia, impregnándonos de su contenido.

Alejandro Jodorowsky / PSICOMAGO

Un secreto es como un animalillo inmortal que se pretende ocultar en una generación, pero que en las siguientes reaparecerá ingeniosamente disfrazado. Aparece en nuestra vida por vergüenza, para proteger a los hijos o por diferentes miedos; en suma, por hechos y circunstancias que las familias pretenden que no salgan a la luz. Estos secretos forman una estructura que se deslizará de diferentes maneras sobre las generaciones siguientes.

Los secretos que más se repiten se refieren a enfermedades mentales, asesinatos, suicidios, violaciones, homosexualidad, incesto, prostitución, exilios, cárcel… y descubrimos su existencia porque frecuentemente se manifiestan en los descendientes por medio de accidentes, fobias, repeticiones, psicosis, autismo y enfermedades congénitas. Por ejemplo, una niña pierde la virginidad por accidente (una escopeta de juguete se le clava en el himen), en la misma fecha que su bisabuela fue violada, hecho que se mantuvo en secreto generación tras generación.

Conocer estos secretos coadyuva en la realización personal de cada miembro del árbol, pues vivir en la autenticidad tiene un gran valor profiláctico para la salud de nuevos frutos que estén por nacer. Muchos de nuestros antepasados hubieran querido vivir una vida completamente distinta a la que vivieron, y el árbol conserva en su memoria sus deseos insatisfechos, que acaban por convertirse en auténticas bombas de efecto retardado en el inconsciente familiar.

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John Bradshaw, educador y consejero familiar, decía que casi siempre sabemos más acerca de nuestros padres de lo que nos permitieron saber, y propuso una serie de ejercicios para permitir que dichos conocimientos emerjan a la conciencia. Por ejemplo, dibujar la primera casa en la que recordemos haber vivido con nuestros padres, con todas las habitaciones tal y como las recordemos. Visualicemos todos los detalles, para luego localizar el lugar que nuestros padres solían ocupar. Imaginémonos entrando en esa habitación para descubrir a nuestro padre o madre escondiendo algo, y preguntémosle qué está queriendo ocultar. Entonces veremos cómo él o ella nos enseña algo, que es la explicación de su secreto.

Como puede entenderse de todo lo anteriormente expuesto, los secretos guardados en una generación pueden afectar a todos sus descendientes. En metagenealogía —que no es estrictamente una terapia, sino un trabajo de toma de conciencia del estado de salud del árbol genealógico en el que se ha nacido– se considera que estos secretos familiares son un manantial insano de traumas y conflictos para las sucesivas generaciones. Conocemos además el poder de la comunicación no verbal: si alguien delante de ti se calla una información importante, se delatará tarde o temprano con algún gesto inconsciente. Los secretos hay que airearlos si son del presente, o sanarlos con la psicomagia si son del pasado. Lo importante es hacerlo de la manera adecuada y en el momento más oportuno.

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Hablan los expertos

  • Françoise Dolto, pediatra y psicoanalista francesa, afirmaba que lo que es callado en la primera generación, la segunda lo lleva en el cuerpo.
  • Anne Ancelin Schützenberger, psicóloga rusa nacionalizada francesa, explicó que los duelos no hechos, las lágrimas no derramadas, los secretos de familia, las identificaciones inconscientes y “lealtades familiares invisibles”, pasean sobre los hijos y los descendientes. Por lo tanto, aquello que no se expresa con palabras se expresa por dolores.
  • Sigmund Freud, psicoanalista austriaco, decía que aquel cuyos labios callan conversa con la punta de los dedos, traicionándose por todos los poros.
  • Claudine Vegh, psiquiatra y psicoanalista francesa, tenía claro que vale más saber una verdad —aun cuando sea difícil, vergonzosa o trágica– que ocultarla, porque aquello que se calla es subordinado o adivinado por los otros, y ese secreto se convierte en un traumatismo más grave a largo plazo.
  • Carl Gustav Jung, psiquiatra y psicólogo, observó que los niños están implicados con tal profundidad en la actitud psicológica de sus padres, que no es de asombrarse que la mayor parte de los trastornos nerviosos de la niñez pueden ser referidos a una atmósfera psíquicamente perturbada en el hogar.
  • Liz Greene, astróloga estadounidense-británica, ha ratificado los postulados de Jung: “Si el niño, que lleva dentro de sí las imágenes arquetípicas de la madre y del padre simbólicos, en vez de encontrar solicitud y estabilidad tropieza con una mezcla desordenada e inconsciente de caos, hostilidad, agresión, violencia, destructividad y envidia, será muy comprensible que exhiba rasgos “neuróticos”, que de una u otra forma se perpetuarán en la edad adulta”.

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