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Dubái, la ciudad imposible

ENRIQUE DELFÍN / VIAJERO INCANSABLE

Hay lugares a los que uno nunca piensa en ir, ya sea porque están muy lejanos, es muy caro visitarlos o simplemente no llaman nuestra atención. A mi parecer Dubái tenía estas tres características, pero decidí visitarla gracias a una oferta inusualmente atractiva de un crucero por el Golfo Pérsico. Claro que el avión hasta allá me costó lo de tres cruceros, pero uno está dispuesto a obviar ciertos detalles con tal de darse un capricho burgués de vez en cuando.

Night panorama of Dubai Downtown - the UAE

Así fue que, después de dos días de vuelos y escalas, llegué a medianoche y abordé un auto de alquiler en el que de paso experimenté lo que era subirme por primera vez a un Lexus de lujo, a un precio equiparable al de un taxi más modesto de la CDMX en horas pico. Crucé una ciudad portentosamente iluminada en la que de inmediato destacó el Burj Khalifa con sus imponentes 828 metros de altura.

Llegué a un hotel muy cómodo y también de buen precio y entendí que la ciudad emiratí tiene opciones para todos los bolsillos. No es barata, pero Londres o Estocolmo, por poner sólo dos ejemplos, son mucho más caras. En la esquina había una mezquita, una de las pocas construcciones de aspecto árabe que vi en todo el viaje, porque apenas amaneció y salí a pasear me encontré con una vastedad salpicada de modernísimos edificios en medio de los enormes solares desérticos de una ciudad todavía en plena labor de parto.

Dubai Marina with boats against skyscrapers in Dubai, United Ara

Convencido de que perdería mucho tiempo andando a pie en esa inmensidad de arena y concreto, resolví abordar el vanguardista metro sin conductor, que me asombró con la opulencia de sus estaciones. Bajé en la zona del Burj Khalifa y caminé entre sofisticados rascacielos, enormes fuentes y jardines con flores reacias a morir bajo el sofocante calor del desierto, gracias a un intrincado sistema de riesgo permanente.

Pronto descubrí que no había mucho que hacer. La oferta para el turismo se reduce a gigantescos centros comerciales, playas impecables de arena importada que no me interesó visitar porque como las de la Riviera Maya no hay dos —y a ésas las hizo la naturaleza– e interminables avenidas pletóricas de automóviles de lujo.

Pero no quise decepcionarme por una ciudad artificial levantada con carretadas de petrodólares, para terminar tachándola de frívola y ostentosa. Quise verla como lo que es: un triunfo de la ingeniería y la arquitectura, capaz de fungir como un referente de la modernidad en un lugar donde hace un par de décadas había tan sólo un minúsculo pueblo de pescadores.

Dubai Fountain Area from Burj Khalifa

En efecto, donde ahora se asienta Dubái no había casi nada, y por lo mismo ofrece muy poca historia y legado, pero es un sitio que demuestra lo que puede lograr la ambición humana, para bien y para mal. Disfruté la comodidad de hasta el más mínimo de sus espacios: paradas de autobús climatizadas, puentes techados de extensión kilométrica para ir de un lugar a otro sin padecer el agobio del sol, malls y más malls, cada uno más grande y lujoso que su predecesor, porque se ve que allí el deporte nacional no son las carreras de camellos, sino la competencia por destacar a punta de lujo y exorbitantes inversiones. Si alguien levantó sobre el mar un hotel de siete estrellas con forma de barco, luego alguien vino a construir una pequeña ciudad sobre una península artificial en forma de palmera, y más tarde alguien quiso saltar esa vara erigiendo el rascacielos más grande del mundo.

Metro train on the Red line in Dubai, United Arab Emirates

Sí, Dubái es la más descarada exhibición de riqueza, con tiendas que ofertan todo tipo de artículos fabricados en oro puro y construcciones ornamentadas con el kitsch más limítrofe, pero también cuenta con admirables edificios minimalistas que revelan de inmediato que en su concepción estuvieron involucradas las firmas de arquitectura más prestigiadas del mundo. El viaje, pues, consiste en llenarse los ojos de las cosas más imposibles, como un enorme muro-pecera en las entrañas de un centro comercial de un millón de metros cuadrados, o un inmenso centro de esquí alpino con nieve, uno que otro pingüino y una temperatura perenne de -2°C, que en una sola jornada ha de utilizar más energía en su refrigeración que un cohete en su periplo hasta Marte. Pero de eso, insisto, se trata un viaje a Dubái. •••

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