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Padres y docentes, claves en la regulación emocional de niños y jóvenes

La escucha, el acompañamiento y la enseñanza de herramientas para gestionar las emociones contribuyen al bienestar emocional y al desarrollo de habilidades para afrontar los desafíos cotidianos.

Redacción Más Sana

La infancia y la adolescencia son etapas fundamentales para aprender a reconocer, expresar y regular las emociones. Durante estos años, niñas, niños y jóvenes enfrentan cambios físicos, sociales y psicológicos que pueden generar frustración, miedo, tristeza, enojo o ansiedad. Ante estos desafíos, el papel de padres, madres y docentes resulta esencial para brindarles herramientas que les permitan comprender lo que sienten y responder de manera adecuada ante distintas situaciones.

La regulación emocional es la capacidad de identificar las emociones, comprender su origen y manejar su intensidad sin reprimirlas ni permitir que determinen por completo la conducta. Esta habilidad no aparece de manera automática, sino que se desarrolla progresivamente mediante las experiencias cotidianas, el acompañamiento de los adultos y el aprendizaje de estrategias para afrontar los conflictos.

En este proceso, la familia constituye uno de los primeros espacios de aprendizaje. A través de la convivencia, niñas y niños observan cómo los adultos reaccionan ante el estrés, resuelven desacuerdos y expresan sus sentimientos. Por ello, madres y padres pueden contribuir a su desarrollo emocional al establecer relaciones basadas en la confianza, el respeto y la comunicación abierta.

Escuchar sin juzgar, reconocer las emociones y evitar minimizar las preocupaciones de los menores son acciones que favorecen la construcción de vínculos seguros. Expresiones como “no es para tanto” o “deja de llorar” pueden transmitir el mensaje de que ciertos sentimientos son inaceptables. En cambio, reconocer que una situación les provoca tristeza o enojo, sin justificar conductas agresivas, permite enseñarles que todas las emociones pueden expresarse, pero no todas las reacciones son adecuadas.

Esto no significa evitarles cualquier frustración o resolver todos sus problemas. También es importante que aprendan a tolerar la espera, aceptar límites, afrontar errores y encontrar soluciones. El acompañamiento adulto consiste en ofrecer orientación y seguridad mientras desarrollan autonomía para gestionar sus propias experiencias.

La escuela como espacio de aprendizaje emocional

El entorno escolar representa otro escenario decisivo. Además de adquirir conocimientos académicos, los estudiantes necesitan desarrollar habilidades para convivir, trabajar en equipo, afrontar desacuerdos y reconocer las emociones propias y ajenas.

En este contexto, los docentes pueden contribuir mediante estrategias que promuevan la empatía, el respeto y la resolución pacífica de conflictos. Crear ambientes seguros, establecer reglas claras y evitar la humillación o las comparaciones entre estudiantes favorece la confianza y la participación dentro del aula.

Asimismo, incorporar actividades de educación socioemocional permite que niñas, niños y adolescentes identifiquen lo que sienten y aprendan recursos prácticos para manejar momentos de tensión. Hacer pausas, respirar lentamente, expresar las necesidades con palabras y analizar distintas alternativas antes de actuar son herramientas que pueden practicarse en la vida escolar.

La conducta de los estudiantes también puede ofrecer señales de malestar emocional. El aislamiento, la irritabilidad persistente, las dificultades para concentrarse o los cambios importantes en el comportamiento pueden responder a diferentes circunstancias personales, familiares o escolares. En lugar de recurrir únicamente al castigo, resulta importante observar, escuchar y buscar comprender qué hay detrás de esas manifestaciones.

Esto no implica que los docentes deban asumir funciones clínicas, sino que puedan reconocer cuándo un estudiante necesita apoyo adicional y, de ser necesario, orientar a su familia hacia profesionales especializados.

Familia y escuela: una responsabilidad compartida

La formación emocional resulta más efectiva cuando existe comunicación entre las familias y las instituciones educativas. Si los adultos que acompañan a un menor mantienen criterios coherentes sobre el respeto, los límites y la resolución de conflictos, pueden ofrecerle un entorno más estable para desarrollar sus habilidades.

Por el contrario, los mensajes contradictorios, la descalificación constante o la falta de atención a las necesidades emocionales pueden dificultar este aprendizaje. Por ello, es conveniente que padres y docentes compartan observaciones, establezcan acuerdos y busquen soluciones conjuntas ante situaciones que afecten el bienestar de los estudiantes.

También es necesario reconocer que los adultos enfrentan sus propias dificultades emocionales. El estrés laboral, los problemas económicos, la sobrecarga de responsabilidades y los conflictos personales pueden influir en la manera en que responden a las necesidades de niñas, niños y jóvenes. Aprender a reconocer las propias reacciones, establecer límites sin violencia y ofrecer disculpas cuando sea necesario constituye una forma de enseñar con el ejemplo.

Escuchar también es prevenir

Promover la regulación emocional desde edades tempranas puede ayudar a fortalecer las relaciones interpersonales, la autoestima y la capacidad para enfrentar situaciones adversas. Sin embargo, no debe entenderse como una obligación de estar siempre tranquilos o mantener una actitud positiva. Sentir tristeza, miedo o enojo forma parte de la experiencia humana; lo importante es aprender a reconocer esas emociones, expresarlas de forma segura y pedir ayuda cuando sea necesario.

Cuando el malestar emocional es intenso, persistente o interfiere con las actividades cotidianas, el acompañamiento de la familia y la escuela puede complementarse con atención psicológica u otros servicios especializados.

En una sociedad donde niñas, niños y adolescentes enfrentan presiones académicas, conflictos de convivencia y desafíos relacionados con su entorno digital, la educación emocional adquiere una importancia creciente. Padres y docentes no pueden evitar todas las dificultades que encontrarán durante su desarrollo, pero sí pueden proporcionarles herramientas para afrontarlas.

Más que exigirles que controlen sus emociones, el reto consiste en enseñarles a comprenderlas. Escuchar sin descalificar, acompañar sin sobreproteger y establecer límites con respeto son acciones cotidianas que contribuyen a formar personas con mayores recursos para relacionarse, tomar decisiones y cuidar de su bienestar emocional.

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