En “Conversaciones con Mamá”, Erika Rivero y Gaby Fabre reflexionan sobre la polarización que generan las etiquetas y plantean una pregunta de fondo: ¿qué pasa cuando dejamos de ver al otro como enemigo y comenzamos a escucharlo?
“Princesos”, “mantenidas”, “hombres de lo peor”, “mujeres interesadas”. Las redes sociales están llenas de etiquetas que buscan explicar las relaciones de pareja, pero que muchas veces terminan convirtiendo las diferencias entre hombres y mujeres en una auténtica batalla.
El tema llegó a “Conversaciones con Mamá”, donde Erika Rivero y Gaby Fabre pusieron sobre la mesa una discusión que va más allá de quién paga las cuentas, quién trabaja o quién se queda en casa: ¿en qué momento las diferencias comenzaron a convertirse en motivos para atacarnos?
Durante la conversación surgió una crítica a las narrativas que presentan a los hombres como “princesos” y a las mujeres como “mantenidas”, como si una relación pudiera reducirse a dos bandos enfrentados.
La reflexión apunta a que este tipo de discursos no necesariamente ayuda a construir relaciones más sanas. Por el contrario, pueden alimentar una polarización en la que cada género termina viendo al otro desde la desconfianza.
Cuando las etiquetas sustituyen al diálogo
Las redes sociales han permitido que experiencias personales se conviertan rápidamente en discursos generales. Una mala relación puede terminar transformándose en una explicación sobre “cómo son todos los hombres” o “cómo son todas las mujeres”.
El problema aparece cuando esas historias dejan de servir para reflexionar y comienzan a utilizarse para señalar, ridiculizar o descalificar.
En la conversación, Gaby Fabre cuestiona precisamente esa dinámica y plantea que seguir alimentando posturas extremas puede llevar a versiones cada vez más sofisticadas de confrontación entre hombres y mujeres.
La propuesta no es negar las diferencias ni ignorar los conflictos que existen dentro de las parejas. Tampoco significa justificar conductas dañinas. Se trata de reconocer que una relación no tiene que convertirse en una competencia para determinar quién tiene la culpa o quién tiene el poder.
Dos personas diferentes, una relación posible
Uno de los planteamientos centrales de la conversación es la necesidad de reconciliar las diferencias.
Hombres y mujeres pueden tener distintas formas de comunicarse, de expresar afecto, de enfrentar problemas o de relacionarse con su entorno. Pero reconocer esas diferencias no debería significar establecer una jerarquía entre ambos.
La clave estaría en aprender a convivir con esas particularidades sin convertirlas automáticamente en defectos.
Una pareja puede funcionar cuando existen acuerdos, respeto, confianza y libertad para que cada persona defina qué quiere aportar a la relación.
Porque no existe una única fórmula para construir una pareja.
Hay quienes deciden dividir los gastos en partes iguales; otras parejas prefieren que una persona aporte principalmente dinero mientras la otra se encargue de otras responsabilidades. También existen relaciones en las que ambos trabajan, ambos cuidan el hogar o distribuyen las tareas de acuerdo con sus circunstancias.
Lo importante no es que todas las parejas funcionen igual, sino que los acuerdos sean conscientes, libres y respetuosos para quienes los integran.
¿Tenemos que dejar de vernos como enemigos?
La conversación plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué ocurre si dejamos de pensar que hombres y mujeres tienen que ganar una batalla?
La respuesta no necesariamente está en que unos cedan frente a otros, sino en aprender a negociar y reconocer que una relación puede construirse desde la diferencia.
Eso implica escuchar antes de juzgar, preguntar antes de asumir y entender que una experiencia individual no necesariamente representa a todo un género.
También significa poner límites cuando existen violencia, abuso, manipulación o desigualdad. Reconciliarse no significa aceptar cualquier comportamiento.
La idea es distinta: reconocer la dignidad de la otra persona sin renunciar a la propia.
Más allá de “princesos” y “mantenidas”
Quizá el verdadero debate no debería ser quién es un “princeso” o quién es una “mantenida”, sino qué tipo de relación quieren construir dos personas.
¿Existe respeto?
¿Hay acuerdos claros?
¿Ambos tienen libertad para decidir?
¿Se reconocen las aportaciones económicas y también las que no se pueden medir en dinero?
¿Existe confianza?
¿Los dos pueden crecer dentro de la relación?
Son preguntas mucho más complejas que cualquier etiqueta de redes sociales, pero también mucho más útiles para entender una relación.
Al final, la invitación de “Conversaciones con Mamá” es a dejar de mirar al otro género como un adversario y recuperar algo que parece sencillo, pero que cada vez resulta más necesario: hablar, escuchar y encontrar puntos de encuentro.
Porque quizá el reto no sea decidir quién gana entre “princesos” y “mantenidas”, sino dejar de jugar esa batalla.
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