Durante años, frases como “yo mantengo a mi mujer” o “no te juntes con una mantenida” han formado parte del discurso sobre las relaciones de pareja. En redes sociales, especialmente dentro de la llamada “machósfera”, este tema se ha convertido en motivo de debate: ¿una relación equilibrada necesariamente debe ser 50 y 50 en términos económicos?
La respuesta no es tan sencilla.
En una nueva conversación de “Conversaciones con Mamá”, Erika Rivero y la terapeuta sistémica Gaby Fabre reflexionaron sobre los estigmas que existen alrededor del dinero, el trabajo doméstico y las responsabilidades dentro de una relación.
Más allá del dinero
Para Gaby Fabre, hablar de que un hombre “mantiene” a su mujer parte de una concepción limitada de lo que cada integrante aporta a una pareja.
La terapeuta recordó que, en generaciones anteriores, era común que los hombres asumieran principalmente la responsabilidad económica, mientras las mujeres se encargaban del hogar, la crianza y otras tareas de cuidado.
Aunque actualmente las dinámicas familiares han cambiado, Fabre señala que el problema aparece cuando únicamente se considera como aportación aquello que puede medirse en dinero.
El trabajo doméstico, la crianza, la organización de la casa, el acompañamiento emocional y las tareas de cuidado también requieren tiempo, esfuerzo y responsabilidad.
Por ello, desde su perspectiva, dentro de una pareja no debería hablarse propiamente de “manutención”, sino de equilibrio y acuerdos.
¿Entonces tiene que ser 50 y 50?
No necesariamente.
Una relación equitativa no significa que ambas personas tengan que aportar exactamente la misma cantidad de dinero, sino que los acuerdos sean justos para quienes forman parte de la relación.
Una pareja puede decidir que una persona trabaje fuera de casa y tenga mayores ingresos, mientras la otra dedique más tiempo al hogar o a la crianza. También puede ocurrir que ambos trabajen y compartan los gastos, o que durante determinadas etapas uno de los dos tenga mayores responsabilidades económicas.
Lo importante, plantea Fabre, es que exista un acuerdo consciente sobre cómo contribuir al proyecto común.
El problema de llamar “mantenida” a una mujer
La palabra “mantenida” suele utilizarse como una etiqueta despectiva para señalar a las mujeres que dependen económicamente de su pareja.
Sin embargo, utilizarla sin conocer los acuerdos de una relación puede invisibilizar otras formas de contribución.
Una mujer que se dedica al cuidado de los hijos, administra el hogar o acompaña a su pareja en determinadas circunstancias puede no estar generando un ingreso, pero eso no significa que no esté aportando.
Del mismo modo, que un hombre sea quien cubra la mayor parte de los gastos tampoco significa automáticamente que esté “manteniendo” a su pareja.
La discusión, entonces, tendría que cambiar de pregunta: no se trata únicamente de quién paga, sino de cómo se construye y sostiene una relación.
Dinero, acuerdos y autonomía
Esto tampoco significa que la dependencia económica no pueda generar problemas. Tener acuerdos claros sobre el dinero, conservar cierto grado de autonomía financiera y hablar abiertamente de gastos, responsabilidades y expectativas puede ayudar a prevenir conflictos.
Cada pareja establece sus propias reglas, pero esas reglas deberían construirse desde el consentimiento y no desde la presión social.
Porque así como no existe una obligación de que el hombre sea siempre el proveedor, tampoco debería existir la idea de que una mujer pierde valor por no generar ingresos o que un hombre está siendo utilizado únicamente porque aporta más dinero.
Una relación no es una cuenta dividida a la mitad
La idea de que una pareja debe pagar exactamente 50 y 50 puede parecer sencilla, pero las relaciones humanas difícilmente funcionan como una hoja de cálculo.
Hay etapas en las que uno puede aportar más dinero; otras, más tiempo; otras, cuidados, acompañamiento o trabajo doméstico.
Para Gaby Fabre, la clave está en que cada aportación contribuya al bienestar común y que ambos integrantes reconozcan el valor de lo que reciben y ofrecen.
Al final, quizá el verdadero equilibrio no consiste en dividir todo por la mitad, sino en construir acuerdos en los que ninguna de las dos personas sienta que está cargando sola con la relación y ninguna sea reducida a cuánto dinero aporta.
La pregunta, entonces, deja de ser si una mujer es una “mantenida” y se convierte en algo mucho más importante: ¿los acuerdos que tenemos como pareja son justos, conscientes y satisfactorios para ambos?
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