
Durante mucho tiempo, hablar de emociones fue considerado un asunto privado que debía resolverse puertas adentro. Sin embargo, enseñar a niñas, niños y adolescentes a reconocer lo que sienten puede ser una herramienta importante para su desarrollo.
La educación en salud mental no consiste en convertir a padres o profesores en terapeutas. Su objetivo es brindar herramientas básicas para identificar emociones, expresar necesidades, resolver conflictos y reconocer cuándo es necesario solicitar ayuda.
Ponerle nombre a lo que sentimos
Un niño que aprende a diferenciar entre tristeza, enojo, miedo, frustración o ansiedad tiene más posibilidades de comunicar lo que le ocurre.
Preguntar “¿qué pasó?” o “¿cómo te hizo sentir?” puede abrir espacios de conversación que difícilmente aparecen cuando la respuesta adulta consiste únicamente en decir “no llores” o “no es para tanto”.
Validar una emoción tampoco significa aprobar cualquier conducta. Un menor puede estar enojado y, al mismo tiempo, aprender que no está permitido agredir a otra persona.
La escuela también es un espacio de prevención
Los centros educativos pueden contribuir a detectar cambios de comportamiento, aislamiento, dificultades de convivencia o señales que indiquen que un estudiante necesita apoyo.
Para ello, es importante que docentes y personal escolar cuenten con herramientas básicas para identificar señales de alerta y sepan cómo canalizar los casos a profesionales.
La educación emocional también puede favorecer ambientes donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza.
Los adultos también necesitan aprender
Hablar de salud mental con niños y adolescentes requiere que los adultos revisen primero sus propias ideas sobre las emociones.
Los menores aprenden observando. La manera en que madres, padres y profesores enfrentan el enojo, la frustración o los conflictos también funciona como una enseñanza.
Por eso, pedir ayuda, reconocer un error, disculparse o expresar que una situación nos está rebasando pueden convertirse en ejemplos positivos.
Pedir ayuda no debe ser el último recurso
La prevención comienza mucho antes de que aparezca una crisis. Crear espacios seguros para hablar permite detectar cambios y buscar apoyo oportunamente.
Cuando existe tristeza persistente, ansiedad intensa, aislamiento, cambios importantes en el comportamiento o cualquier señal que genere preocupación, es recomendable acudir con un profesional de la salud mental.
Hablar de emociones en casa y en la escuela no elimina los problemas, pero sí puede ayudar a que niñas, niños y adolescentes tengan más herramientas para enfrentarlos y sepan que pedir ayuda también es una forma de cuidarse.
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