
Dormir media hora más, comer sin pantalla, cancelar un plan que no se quiere cumplir, ir al médico en lugar de aguantar.
Redacción Más Sana
Durante años, el autocuidado se vendió como una postal aspiracional: velas aromáticas, baños largos, rutinas de skincare de diez pasos y mañanas lentas que casi nadie tiene. Para quienes nacieron entre 1980 y 2010, ese discurso no solo resulta poco realista, también genera culpa. Si no puedes “consentirte” así, parece que estás fallando incluso en cuidarte.
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Pero el autocuidado real no siempre es bonito, ni silencioso, ni instagrameable. A veces es incómodo, práctico y urgente. Y, sobre todo, posible incluso cuando el tiempo no alcanza.
El problema del autocuidado como producto
El concepto fue capturado por la lógica del consumo. Se convirtió en algo que se compra, no en algo que se decide. Así, cuidarse pasó de ser una necesidad básica a una tarea más en la lista de pendientes.
Para generaciones que viven entre jornadas laborales extendidas, hiperconectividad y responsabilidades constantes, el mensaje implícito es cruel: si no te relajas, es porque no te esfuerzas lo suficiente. La realidad es otra: no todos tienen el privilegio del tiempo libre.
Autocuidado cuando no hay espacio para parar
Cuando el día está lleno, el autocuidado no puede depender de rituales largos. Funciona mejor cuando se integra a la vida real. Dormir media hora más, comer sin pantalla, cancelar un plan que no se quiere cumplir, ir al médico en lugar de aguantar.
Son decisiones pequeñas, pero sostenidas. No generan fotos bonitas, pero reducen el desgaste.
Decir “no” también es autocuidado
Una de las prácticas más efectivas —y menos glamorosas— es poner límites. Contestar mensajes al día siguiente, no aceptar trabajo extra sin paga, salir antes de una reunión innecesaria. Para millennials y centennials, educados en la disponibilidad permanente, esto suele provocar ansiedad.
Sin embargo, proteger el tiempo y la energía es una forma directa de cuidado. No todo merece una respuesta inmediata, ni toda urgencia es real.
Cuidarse no siempre se siente bien
Otro mito es que el autocuidado debe ser placentero. A veces implica hacer cosas que no se disfrutan: pedir ayuda, empezar terapia, enfrentar conversaciones pendientes, revisar finanzas, irse a dormir cuando el cuerpo lo pide.
El bienestar no siempre se siente como calma inmediata. Muchas veces se siente como alivio después de incomodarse.
Microhábitos que sí funcionan
Cuando el tiempo es limitado, los cambios pequeños son más efectivos que las promesas grandes. Respirar profundamente durante un minuto entre tareas, caminar cinco minutos, tomar agua, estirarse antes de dormir, apagar notificaciones por unas horas.
No transforman la vida de un día a otro, pero reducen la sobrecarga. Y eso, en un contexto de estrés constante, es una diferencia real.
Autocuidado sin culpa
Romper el cliché también implica soltar la idea de que cuidarse es egoísta. Para generaciones acostumbradas a rendir, cumplir y sostener a otros, priorizarse genera conflicto interno.
Pero el autocuidado no es huir de la vida, es hacerla sostenible. No se trata de lujo, sino de supervivencia emocional y física.
Quizá el autocuidado más honesto no huela a lavanda ni tenga música de fondo. Quizá sea cerrar la laptop, pedir un día libre o aceptar que hoy no se puede más. Y eso también cuenta.
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