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El santuario de las puniciones

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María Luisa Deles / ESCRITORA

En la escuela me decían “la Zapatitos”. En aquel entonces el bullying no era un delito tipificado, sino privilegio de hampones, del sociópata de la colonia que merodeaba en las tardes para mostrar sus partes a las chavitas, y de las reverendas monjas del colegio. A los dos primeros esperabas no topártelos nunca; con las Hijas del Verbo Encarnado, en cambio, te llevaban de la mano tus papás. Ellos me matricularon en el enseñadero de la congregación, un exclusivo instituto para señoritas católicas, donde lo más importante era adquirir los conocimientos necesarios para convertirte en buena esposa.

El lugar era una helada fortaleza, pero en sus entrañas —no tardé mucho en descubrirlo– se revelaba la peor parte del inmueble: el insólito inframundo que nos prometía Sor Yolanda durante la clase de religión. El sótano era por antonomasia el lugar de los castigos, un pozo estéril con suelo embaldosado y mantos verdosos, al que bajábamos por una escalera de caracol igualita a la de doña Macabra. Allí habitaban toda suerte de bichos rastreros y una familia de esmirriadas ratas que aparecía al percibir el olor de la carne fresca en medio de la penumbra.

La reputación de la celda cobró fuero a través de la publicidad de boca en boca. El dominio de las chamaquitas en el manejo de la hipérbole era un recurso de lo más efectivo y si por alguna jugarreta del destino eras llevada allí, te cagabas de miedo. Sin embargo, cuando horas después volvías al patio del colegio en estado de expiación, ya ibas envuelta en ese halo místico que sólo los verdaderos héroes conocen. Y los verdaderos héroes, ya lo dijo Umberto Eco, son cobardes honestos como todos, con la salvedad de haberse encontrado —casi siempre por error– en el momento y lugar más inoportunos.

Mi primera bajada al sótano tuvo las características habituales de cualquier rito de iniciación: inocencia, ignorancia e ignominia. El pecado cometido se ha borrado de mi memoria, no así la imagen de la madre superiora, quien con vehemencia me condujo al calabozo cual impetuoso Virgilio. Por el camino me fue soltando una serie de recomendaciones para engrandecer mi acto de contrición, aunque lo que más me apuraba en ese momento era contener el reclamo de mis esfínteres, pues no me había dado tiempo de pasar al baño.

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La mujer bajó las escaleras frente a mí para luego hacer el regreso muy despacio, mientras la luz de su lámpara sorda se diluía en escalofriantes bamboleos dejándome desprovista de esperanza. Entonces me acurruqué en el último escalón, cerré los ojos y me abracé las rodillas. Las ratas brotaron de sus escondites y varios pares de brillantes ojillos comenzaron a pulular. Se paseaban entre los escombros topándose con los zapatos de mi uniforme, hasta que se dieron por vencidas y retornaron a sus cuchitriles tan hambrientas como habían salido. Las pobres tenían más miedo que yo.

El tiempo se me figuró una gotera marcando un lapso del que nunca podría volver. Me oriné del susto y de las ganas que ya traía, y por primera vez creí en la existencia del cielo y el infierno. De un hilo me aventé el padrenuestro y el yopecador, lloré y juré ser buena el resto de mi vida, pero el cansancio me venció y se me agotaron piedad y lágrimas. Entonces aguardé quietecita a que se condolieran de mí, abrieran el candado de la reja y me dejaran volver a clase para emprender mi camino al noviciado en señal de arrepentimiento.

No hubo tal indulto y me crecí al castigo. Al final de la jornada escuché los gritos de la madre superiora urgiéndome a subir y me percaté del charco que circundaba mis pies. Tenía el orgullo maltrecho y los zapatos anegados en lágrimas y orines, pero me los saqué para dejarles a las ratas algo que roer. Emergí de la cloaca como una Venus pachona y ojigacha, magnífica y empoderada, para reinsertarme a la sociedad escolar envuelta en una fortaleza desconocida.

En casa me preguntaron por el paradero de los choclos y yo conté la historia sin omitir detalle. Mi madre me acusó de tener una imaginación desmedida y me exhortó a hacer carrera en las letras en lugar de meterme a monja.

La superiora no permitió el rescate del calzado, supongo que para no dejar evidencia de lo sucedido, pero al sótano seguí bajando con mucha regularidad.

En la escuela comenzaron a llamarme “la Zapatitos”. Los lunes iba con los rojos de charol, los martes me ponía los negros con moño y los otros días iba de tenis.

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