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¡Rompamos el “techo de cristal”!

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Somos la mitad de la población mundial y eso nos da un claro poder de cambio. Con la participación de muchas mujeres se ha avanzado, pero hace falta mucho más.

Érika Alatorre Abundis / PRESIDENTA DE TAN CERCA LLEGANDO LEJOS

El tan sonado techo de cristal es una barrera invisible en la carrera laboral de las mujeres, difícil de traspasar, que nos impide llegar a cargos de mayor jerarquía o responsabilidad. Abrirnos paso no ha sido fácil, y menos aún en espacios masculinizados. Sin embargo, ahora ya hay mujeres mecánicas, conductoras del transporte público, arquitectas, abogadas e ingenieras, pese que por mucho tiempo estos fueron considerados espacios exclusivos para los hombres. ¡Avances que han roto paradigmas!

Aquí es donde se mide realmente qué tanto ha cambiado la concepción machista que se tiene sobre las mujeres, aunque el ámbito de la toma de decisiones sigue siendo un espacio masculino difícil de penetrar, en donde las mujeres nos enfrentamos a distintas adversidades a las que los hombres no, principalmente la sátira social.

Estos nuevos comportamientos sociales son un gran paso para lograr la paridad. Se deben desnaturalizar las tradiciones, porque del mismo modo que las mujeres tenemos la capacidad para desarrollarnos plenamente en el cuidado de nuestra familia, también podemos participar activamente en las tareas reservadas a los varones, siendo prioritario unir las fuerzas de ambos sexos para enfrentarnos a los nuevos retos sociales.

Culturalmente se ha concebido y enseñado que las mujeres debemos estar al frente del hogar y todo lo que el mismo conlleva —marido, hijos y casa–, obviando que después de cumplir nuestra labor profesional regresamos al hogar a cumplir con nuestro rol de madres y esposas, lo que implica una doble y hasta triple jornada.

¡Rompamos ese techo que nos tiene paralizadas! Pero… ¿cómo hacerlo? Pues con el fortalecimiento del liderazgo femenino en todas las esferas de la sociedad, comenzando con el empoderamiento de nuestro derecho al desarrollo personal, como principio irrenunciable para lograr la igualdad social.

Mientras más mujeres lleguemos al poder o al triunfo profesional, más posibilidades habrá de que —al menos teóricamente– las niñas, jóvenes y no tan jóvenes reconozcan que es posible continuar ese camino que ha sido abierto por sus congéneres a punta de mucho tesón, capacidad y entrega en su desempeño.

Tomen en cuenta que las mujeres constituimos la mitad de la población mundial, y que si nos hacen a un lado o nos excluyen de la participación en la vida política, social, económica y cultural, la población se privará de buena parte de sus capacidades.

Somos más y eso es lo que nos da un claro poder de cambio. Con la participación de muchas mujeres se ha avanzado, pero hace falta mucho más. Seamos sororas y cerremos la puerta al patriarcado, que nos ha obligado a contender o ser rivales entre nosotras. Debemos reconocer los logros, capacidades, méritos y esfuerzos de otras féminas valientes que han roto paradigmas y asumido retos para acceder a los espacios donde se toman las decisiones. Sumémonos a la promoción de una nueva cultura de equidad e igualdad que respete y reconozca la aportación de las mujeres en todos los ámbitos. Porque cada vez que una mujer da un paso, todas avanzamos.

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