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EDITORIAL ¿En dónde radica el poder de las mujeres?

EDITORIAL

¿En dónde radica el poder de las mujeres?

Una mujer puede mover montañas, porque conoce los mecanismos de la justicia, el equilibrio y del valor que se da a sí misma, sin necesidad de gritar, de imponer su voluntad por la fuerza, de ejercer ningún tipo de violencia o de someterse a un agotador estrés físico.

ÉRIKA RIVERO ALMAZÁN ••• EDITORA DE MÁS SANA

Dreamlike fantasy as heaven and freedom concept

La pregunta es compleja y desafiante, y en el transcurso del tiempo, el país, las costumbres, los humores y temperamentos, podría tener mil respuestas. Sin embargo, aquí y ahora se necesita más que nunca de un acercamiento a la realidad: una especie de faro en la espesa y obscura niebla que parece rodear a las mujeres, porque si bien existen mejores condiciones para llevar una vida mejor que la de nuestras abuelas y madres, también es cierto que estamos muy lejos de disfrutar una vida libre, plena, segura e igualitaria: el trabajo doméstico es desdeñado, la crianza de los hijos no es aquilatado, las direcciones y puestos gerenciales son promovidos por y para varones, y los salarios son un 30% menores que los de los hombres, todo en un mundo en donde los valores masculinos son ensalzados.

Lo anterior ha provocado que las mujeres pasemos de reclamar nuestro lugar en el mundo a seguir el camino de ellos: violento y competitivo. Nos cuesta diez veces más la conquista, y —por supuesto– los resultados no siempre son los esperados: o los hombres se van (¡huyen asustados!), o la fatiga ensombrece la salud, el agotamiento apaga el alma o la sonrisa suele ser forzada para disfrazar una amargura seca, casi siempre acompañada de una profunda soledad, con el remordimiento de un rol de madre inacabado. Por si fuera poco, la solvencia económica es deficiente, o al menos, no correspondida con el esfuerzo casi heroico ejecutado.

Entonces… ¿dónde está nuestra fuerza, poder, realización? ¿Y nuestra felicidad?

En las antiguas comunidades siberianas aseguran que la fuerza femenina emana del amor, pero no aquél de significado barato y cursi, sino ese que proviene de una templanza del conocimiento de sí misma y de saber cuál es su labor en el mundo. De una persona tan segura de sí misma que es capaz de amar incondicionalmente a su pareja, a sus hijos, a sus familiares, a su comunidad, a su mundo y a su país, gracias a que conoce los alcances de su influencia, su palabra y su poder.

Ella puede mover montañas, porque conoce los mecanismos de la justicia, el equilibrio y del valor que se da a sí misma, sin necesidad de gritar, de imponer su voluntad por la fuerza, de ejercer ningún tipo de violencia o de someterse a un estrés físico que la agotaría. Eso nunca lo hará, porque no está en su naturaleza femenina: quienes luchan, corren, se agitan y se estresan son los hombres. Ella lo sabe.

Sus herramientas son otras: la conciliación, la escucha, la armonía, la limpieza, la belleza, la seducción, la intuición, la sabiduría, el acercamiento, la dulzura, la conexión con el mundo natural, la ternura, la creatividad, la empatía, la tenacidad, el don natural para la administración de cualquier bien, la abundancia en general, la visión concreta para crear escenarios futuros, la paciencia, la tolerancia, la maestría en la dirección y coordinación de una familia, de una comunidad, de una empresa o hasta de un país entero. Del conocimiento y del respeto hacia su cuerpo, del cuidado minucioso hacia su persona, de la entrega de su corazón sólo al hombre que lo merezca, de cuidar y entregarse a sus hijos para después impulsarlos hacia la vida, rompiendo para siempre cualquier dependencia.

Y —por supuesto– de cuidar ese poder para no degenerarlo en manipulación, egoísmo, codicia o victimización, como moneda de cambio para “sentirse amada o importante”, pues sabe que sólo el amor que sea capaz de generar ella misma se convertirá en el combustible con el que se pueda conducir en la vida. Y así, gracias a ese efecto espejo, surgirá en los demás amor hacia ella. Nunca al revés.

Una mujer plena es aquella que sabe con certeza el alcance de su amor y no duda de su poder ni un segundo. Porque es su herramienta natural, la conoce y ha aprendido a utilizarla con maestría. No necesita más para tener el mundo a sus pies, aunque es muy posible que aprendiera la lección después de nadar varios ríos de lágrimas. •••

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