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El placer de dar-nos

El que sólo recibe y no devuelve siente que debe, y lo único que hará es irse.

LAURA GABRIELA FABRE / Psicoterapeuta y Consteladora Familiar

Carrying heavy presents

Dar es algo maravilloso, y mucho más en esta época. Los regalos se intercambian, las compras se vuelven interminables y las expectativas crecen (“¿Qué me irán a regalar?”). Pero dar es un poco más complejo de lo que parece, porque debemos hacerlo desde el plano del ser, algo que requiere mucho cuidado y respeto. ¿A quién le vamos a dar qué? ¿Para qué se lo vamos a dar? ¿En verdad lo necesita? ¿Es conveniente hacerlo?

Por supuesto que dar es un placer, porque nos quita un peso emocional. Cuando recibimos algo de inmediato lo agradecemos y hasta nos descontamos (“no te hubieras molestado”, “no lo merezco”…), porque recibir sin devolver nos hace llevar una carga que a veces nos aprisiona. Y no me refiero únicamente a los regalos, sino también a las atenciones, al amor, a la presencia, a los cuidados, a los mimos y hasta a la protección o sobreprotección.

Dar cuando el otro realmente no lo necesita es restarle fuerzas. Por ejemplo, un niño que recibe todo a manos llenas (ropa, juguetes, todo lo de marca, todo lo de moda…) crece con una atroz sensación de vacío, pues no quiere vivir, no le agrada ni lo motiva nada, se siente muy frustrado y depresivo porque no ha tenido que esforzarse por nada. Y ante este escenario, como para darle más, lo mandamos al psiquiatra para que le recete antidepresivos.

Antes de dar debemos pensar si lo que necesita esa persona es un obsequio de nosotros o a nosotros… ¡son dos cosas muy diferentes! El mercantilismo y la parafernalia navideña es avasalladora, pero lo importante no es el costo del obsequio, sino su significado; no es el tamaño de la caja, es el vacío que llena un abrazo; no son el moño y los adornos, son las manos de quien lo entrega… Y si además somos muy respetuosos y nos entregamos con una presencia que no ahoga y con caricias que no aprisionan, estaremos dando lo mejor de nosotros.

Es muy hermosa la frase da sin esperar nada, pero… ¿es realmente cierta? Casi todos deseamos el equilibrio, ser recompensados con algo por lo que entregamos, y eso no es incorrecto. En cualquier tipo de relación este equilibrio es indispensable para poder continuar. Si le damos algo a nuestros hijos queremos a cambio buenas calificaciones; si lo hacemos con nuestra pareja deseamos obtener el mismo tipo de amor… ¡en fin! Dar implica recibir, pero si lo que damos supera las fuerzas de quien lo recibe lo estamos apabullando con la obligación de cargar con algo, pues el que sólo recibe y no devuelve siente que debe, y lo único que hará es irse.

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Te sugiero que hagas tu lista de obsequios mirando tus posibilidades más que tu cartera. Una tarde relajada con tus amigos, en la que el intercambio de amor sane a todos; tus caricias y tu presencia para tus hijos, que serán el motor para impulsarlos cuando llegue el momento de que salgan a buscar lo que necesitan de la vida; la energía creativa para solucionar los problemas propios de toda pareja… ¡todo eso será mejor que el más caro de los obsequios!

Da lo que el otro puede recibir. Da cuando el otro pueda recibirlo. Da cuando vaya tu corazón en ello. Pero, sobre todo, da con respeto y sin restarle fuerzas al otro. Y para ti mismo, el mejor de los regalos: dar-te como una persona más sana.

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