
Ansiedad de inicio de año: cuando el “nuevo comienzo” abruma más de lo que motiva.
Redacción Más Sana
Enero llega con promesas de reset. Doce meses por delante, agendas limpias, propósitos recién estrenados. Pero para muchas personas nacidas entre 1980 y 2010, el famoso “nuevo comienzo” no se siente como esperanza, sino como presión. Una presión silenciosa, persistente, que no siempre se nombra: la ansiedad de inicio de año.
No aparece en los conteos regresivos ni en los brindis, pero está ahí. Se manifiesta como cansancio antes de empezar, culpa por no cumplir metas ajenas, miedo a “quedarse atrás” y una pregunta incómoda: ¿por qué, si se supone que todo empieza mejor, me siento peor?
El peso invisible del “tienes que”
Las generaciones millennials y centennials crecieron con un mensaje claro: el tiempo no se desperdicia. Hay que ser productivo, mejorar constantemente, reinventarse. Cada enero, esa narrativa se intensifica. Redes sociales llenas de cuerpos renovados, negocios que “despegaron” en meses, listas interminables de objetivos.
El problema no es querer cambiar. El problema es creer que si no lo haces rápido —o de la manera correcta— estás fallando. Así, el inicio del año se convierte en una auditoría emocional: comparaciones, balances forzados y expectativas que no siempre son propias.
Ansiedad que no siempre se reconoce
La ansiedad de inicio de año no siempre se presenta como ataques de pánico. A veces es más sutil: dificultad para dormir, irritabilidad, sensación de urgencia constante, falta de concentración o una tristeza inexplicable. Se confunde con “estrés normal”, pero se arrastra durante semanas.
En contextos económicos inestables, trabajos precarios y un futuro que no se ve tan prometedor como el que prometieron, esta ansiedad se intensifica. No todos parten del mismo punto, pero el calendario exige resultados iguales.
Cuando el descanso también da culpa
Otra carga invisible es la culpa por no “aprovechar” el arranque del año. Descansar, ir lento o simplemente sobrevivir enero puede sentirse como perder ventaja. Para generaciones acostumbradas al multitasking y a la hiperconectividad, parar se vive casi como un acto de rebeldía… o de fracaso.
Sin embargo, la salud mental no funciona con calendarios. No entiende de cierres fiscales ni de propósitos escritos en notas adhesivas.
Empezar distinto: menos épica, más honestidad
Hablar de salud mental en enero no es bajar la motivación, es volverla realista. Empezar el año sin cargas invisibles implica revisar qué expectativas son propias y cuáles heredadas. Preguntarse no solo qué quiero lograr, sino a qué costo.
A veces el verdadero propósito no es cambiar de vida, sino sostenerla. Dormir mejor. Pedir ayuda. Decir “no puedo con todo”. Reconocer que llegar hasta aquí ya fue suficiente esfuerzo.
Un inicio sin fuegos artificiales
Para una generación que ha vivido crisis encadenadas —económicas, sanitarias, climáticas, emocionales—, quizá el mayor acto de valentía sea empezar el año sin exigirse una versión idealizada de sí misma.
Enero no tiene que ser épico. Puede ser honesto. Y eso, aunque no se vea en redes, también es un comienzo.
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