
Tal vez este año no se trata de lograr más, sino de exigirte menos.
Redacción Más Sana
Cada enero comienza con la misma escena: listas de propósitos ambiciosos, rutinas perfectas y una presión silenciosa por “empezar bien el año”. Para quienes nacieron entre 1990 y 2000 —la generación que creció entre el mundo analógico y el digital, que aprendió a compararse en redes sociales y a vivir con crisis constantes— los propósitos de Año Nuevo suelen sentirse más como una carga que como una oportunidad.
La buena noticia es que no estás fallando. El problema no eres tú; es la forma en la que nos enseñaron a plantear metas.
El mito del “nuevo año, nueva vida”
Desde la psicología del hábito, sabemos que el cambio no ocurre por fuerza de voluntad ni por fechas simbólicas. Sin embargo, el discurso cultural insiste en que enero es el momento para reinventarse por completo: cuerpo nuevo, mente nueva, vida nueva. Esa expectativa es poco realista y, en muchos casos, contraproducente.
Para una generación que ha vivido precariedad laboral, ansiedad económica, pandemia y sobreestimulación digital, exigir cambios radicales en 30 días no solo es irreal: es injusto.
El cerebro no distingue entre “fracaso” y “aprendizaje” cuando la meta está mal planteada. Solo registra frustración.
Por qué abandonamos los propósitos (y no es falta de disciplina)
La mayoría de los propósitos fallan por tres razones psicológicas clave:
- Son demasiado abstractos“Ser más saludable”, “ahorrar dinero” o “tener paz mental” no le dicen nada concreto al cerebro. Los hábitos necesitan acciones específicas, no ideales.
- Ignoran el contexto emocionalNo es lo mismo intentar crear una rutina cuando estás descansado que cuando sobrevives al burnout. Muchas metas no consideran cansancio crónico, ansiedad o falta de motivación, comunes en esta generación.
- Se basan en castigo, no en autocuidadoHacer ejercicio “porque debo”, comer mejor “porque me odio cuando no lo hago” o trabajar más “para no quedarme atrás” genera resistencia interna. El cerebro evita lo que asocia con culpa.
Cambiar el enfoque: de propósitos a sistemas
En lugar de propósitos rígidos, la psicología del hábito propone crear sistemas pequeños y sostenibles. No se trata de hacerlo perfecto, sino de hacerlo posible.
Por ejemplo:
- No “ir al gimnasio todo el año”, sino moverte 10 minutos tres veces por semana.
- No “ahorrar mucho dinero”, sino separar una cantidad mínima automática, aunque sea simbólica.
- No “tener estabilidad emocional”, sino reconocer cuándo necesitas descanso sin sentir culpa.
Los hábitos se construyen cuando el cerebro percibe seguridad, no presión.
Autocuidado no es romantizar la productividad
Para quienes nacieron entre 1990 y 2000, el autocuidado fue vendido como algo estético: velas, rutinas de mañana, journaling perfecto. Pero el autocuidado real muchas veces se ve así:
- Dormir en lugar de “aprovechar el día”.
- Decir no a planes cuando estás saturado.
- Bajar expectativas en semanas difíciles.
- Pedir ayuda sin justificarte.
No todo avance es visible ni publicable en redes sociales.
Redefinir el éxito (para no vivir en culpa)
Tal vez este año no se trata de lograr más, sino de exigirte menos. De dejar de medir tu valor por productividad, estabilidad financiera inmediata o comparaciones con personas que solo ves en su mejor versión online.
Para esta generación, el verdadero éxito puede ser:
- Mantenerte emocionalmente funcional.
- No abandonar lo que te hace bien, aunque avances lento.
- Aprender a pausar sin sentir que estás fallando.
Un cierre necesario
Si tus propósitos de Año Nuevo no se cumplen como esperabas, no significa que fracasaste. Significa que eres humano, que tu contexto importa y que el cambio real no ocurre en enero, sino en decisiones pequeñas y repetidas.
Este año, tal vez el mejor propósito sea este: tratarte con la misma paciencia que ofreces a los demás. Porque cambiar no es castigarte, es cuidarte.
Categorías:Sin categoría










