
Compartir piso, pareja o incluso responsabilidades familiares parece una solución práctica para millennial y centennials: se reducen gastos, se combinan habilidades y se gana compañía. Pero, ¿quién termina cargando realmente con el costo de la convivencia?
La ilusión de la economía compartida
En teoría, dividir gastos de renta, servicios y comida debería ser equitativo. Aplicaciones como Splitwise o la tendencia de “flatmates” sugieren que todo puede medirse y repartirse de manera justa. Sin embargo, la práctica demuestra que las cuentas raramente son tan lineales:
- Gasto emocional no contabilizado: limpiar, cocinar y organizar espacios suele recaer en quienes históricamente han asumido roles domésticos, muchas veces mujeres.
- Desbalance financiero: uno de los convivientes puede tener mayor ingreso, pero delega tareas del hogar al otro, generando inequidad invisible.
- Tiempo como moneda: entre trabajo, estudios y ocio, la organización del hogar demanda horas que no siempre se valoran.
La convivencia como espejo de desigualdad
Estudios recientes muestran que, incluso entre generaciones consideradas progresistas, las mujeres siguen realizando la mayor parte del trabajo doméstico no remunerado, aunque haya acuerdos de reparto de gastos. La economía compartida no siempre se traduce en igualdad real: quien gana menos o dedica más tiempo al hogar termina pagando más, aunque monetariamente parezca equitativo.
Estrategias para equilibrar la balanza
- Conversaciones claras sobre tareas y finanzas: no solo dividir el dinero, sino también acordar responsabilidades y tiempos.
- Registro transparente: aplicaciones o listas pueden ayudar a visualizar quién hace qué y cuánto vale ese esfuerzo.
- Rotación de roles: alternar limpieza, compras y organización para que no recaiga siempre en la misma persona.
- Reconocimiento del trabajo invisible: valorar lo que no se paga con dinero pero sí con tiempo y energía.
La economía compartida con conciencia
Vivir juntos puede ser una experiencia enriquecedora y económicamente eficiente, siempre que la convivencia se base en equidad real, transparencia y reconocimiento mutuo. De lo contrario, la supuesta economía compartida puede transformarse en una carga desigual que desgasta relaciones y genera resentimientos.
Para millennials y centennials, la clave no está solo en dividir la renta, sino en compartir responsabilidades y costos de manera justa, reconociendo que el valor del hogar va más allá de los números.
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