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La feminización del cuidado: cuando la limpieza y la organización recaen (otra vez) en las mujeres

La presión también proviene de la cultura: se sigue juzgando con mayor severidad a las mujeres por la apariencia de sus viviendas, por la manera en que organizan la vida familiar o por el tiempo que dedican al cuidado de otros.

Redacción Más Sana

Aunque los discursos sobre igualdad avanzan y la participación femenina en espacios laborales y públicos crece, dentro del hogar persiste una realidad difícil de erradicar: la mayoría de las tareas de limpieza, organización y cuidado continúan recayendo sobre las mujeres, incluso cuando no existe una obligación formal o una división explícita de responsabilidades.

Este fenómeno, conocido como feminización del cuidado, se mantiene arraigado en los hogares latinoamericanos. No es solo una cuestión de quién “hace más”, sino de quién carga con la expectativa social y emocional de que el espacio esté limpio, ordenado y funcionando. Para muchas mujeres, el cuidado del hogar opera como una responsabilidad automática, casi invisible, que surge antes de cualquier acuerdo con otros integrantes de la familia.

Diversos estudios han mostrado que, incluso en parejas donde ambos trabajan tiempo completo, las mujeres dedican más horas semanales a labores domésticas y de organización. Una parte central del problema es el llamado “cuidado mental”: recordar tareas, planear compras, anticipar necesidades familiares o prever soluciones. Se trata de un trabajo que no se ve, pero que sostiene el funcionamiento del hogar.

La presión también proviene de la cultura: se sigue juzgando con mayor severidad a las mujeres por la apariencia de sus viviendas, por la manera en que organizan la vida familiar o por el tiempo que dedican al cuidado de otros. Este escrutinio, basado en estereotipos tradicionales, contribuye a que muchas asuman estas tareas incluso cuando no desean hacerlo o cuando se encuentran agotadas.

En redes sociales, la conversación comienza a cambiar. Cada vez más mujeres denuncian esta carga desigual y exigen una corresponsabilidad real. Surgen movimientos que critican la romantización del “orden perfecto” y cuestionan la idea de que el valor de una mujer esté vinculado a su eficiencia doméstica. Al mismo tiempo, colectivos y especialistas impulsan la idea de que el cuidado es un trabajo —no una cualidad natural femenina— y debe distribuirse entre todos los integrantes del hogar.

La feminización del cuidado sigue siendo un espejo de desigualdades históricas, pero su creciente visibilidad abre la puerta a nuevas discusiones. Cambiar esta dinámica implica más que repartir tareas: requiere transformar expectativas sociales, cuestionar estereotipos y reconocer que el cuidado no es una obligación de género, sino una responsabilidad compartida.

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