
Psicólogos enfatizan que respetar la vida íntima es fundamental para el bienestar emocional, pero siempre considerando la empatía hacia quienes comparten el espacio.
Redacción Más Sana
En una época en la que las dinámicas de convivencia se diversifican —parejas que viven con roomies, exparejas que comparten vivienda por razones económicas, e incluso acuerdos no convencionales sobre privacidad— los conflictos sobre los límites en la vida íntima se han vuelto cada vez más comunes. ¿Hasta dónde llegan los derechos de una pareja dentro de un hogar compartido y qué corresponde al compañero de casa? Especialistas en derecho civil, psicología y convivencia coinciden en que el equilibrio entre la intimidad y la corresponsabilidad del espacio común es clave para evitar tensiones.
En México, no existe una regulación específica que defina los límites de convivencia entre parejas y terceros dentro de una misma vivienda. Sin embargo, el Código Civil establece principios que se pueden interpretar para estos casos, como el derecho a la privacidad, el uso equitativo de las áreas comunes y el respeto mutuo entre habitantes de un inmueble. En un escenario donde una persona tiene una relación de pareja y comparte casa con un tercero —por amistad, necesidad económica o incluso por decisión familiar— pueden surgir dudas sobre el acceso del novio o novia al espacio compartido, los horarios de visitas y la libertad para expresar la intimidad en un entorno no exclusivo.
De acuerdo con expertos en psicología de la vida cotidiana, estos conflictos suelen detonarse cuando las expectativas no se discuten abiertamente desde el inicio. “Muchos dan por hecho que la llegada de una pareja a la casa está permitida, pero el compañero de vivienda puede sentirse invadido si no existen reglas claras sobre privacidad, ruido, uso de habitaciones o presencia constante de un tercero”, señala la terapeuta de pareja Alicia Pérez. La falta de comunicación, advierte, convierte situaciones habituales —como visitas nocturnas o uso del baño compartido— en problemas de convivencia.
Por su parte, abogados consultados explican que, aunque no hay leyes que impidan a una persona recibir visitas íntimas en su hogar, sí existe la obligación de garantizar que el tercero que vive ahí no vea afectado su derecho a la tranquilidad y seguridad. Por ejemplo, un roomie puede solicitar límites si las visitas interfieren con su descanso, comprometen su seguridad o implican un uso excesivo de áreas comunes. La clave, indican, está en el consentimiento: si todos los habitantes han acordado normas sobre horarios, espacios y frecuencia, la convivencia es más sencilla y se previenen conflictos que podrían escalar hasta rescindir un contrato de arrendamiento o romper la relación interpersonal.
En un contexto económico donde compartir vivienda es una necesidad más que una elección, especialistas recomiendan establecer acuerdos por escrito, incluso de manera informal, para delimitar temas como: horarios permitidos para recibir visitas, posibilidad de pernocta de la pareja, responsabilidades adicionales derivadas de la presencia del invitado y reglas básicas de respeto y discreción. También sugieren revisar periódicamente dichos acuerdos, pues las dinámicas de pareja pueden cambiar con el tiempo.
Mientras tanto, psicólogos enfatizan que respetar la vida íntima es fundamental para el bienestar emocional, pero siempre considerando la empatía hacia quienes comparten el espacio. “La casa debe ser un refugio para todos. No se trata de prohibir las relaciones de pareja, sino de evitar que estas se vuelvan invasivas para quienes no están involucrados”, resaltan.
El debate sobre hasta dónde llega la libertad personal y dónde inicia el derecho del otro a vivir sin incomodidades seguirá creciendo en la medida en que aumentan las nuevas formas de convivencia. Lo cierto es que, entre parejas, roomies y terceros, la armonía depende menos de la legislación y más de la comunicación, el respeto mutuo y la capacidad de establecer límites claros en un mismo techo.
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