
Más allá de las posturas, la conversación ya está sobre la mesa. La gentrificación no es solo un tema urbano.
Redacción Más Sana | Foto: X (@MarionIsabella1)
Pocas ciudades viven tantas contradicciones como la Ciudad de México: vibrante y caótica, tradicional y cosmopolita, orgullosamente chilanga pero cada vez más internacional. Y en medio de esa mezcla explosiva, ha emergido un fenómeno que muchos ya no pueden ignorar: la gentrificación.
Este proceso —en el que barrios tradicionales se transforman por la llegada de nuevos residentes con mayor poder adquisitivo— ha cambiado no solo el paisaje urbano de colonias como la Roma, la Condesa, la Juárez o la San Rafael, sino también su esencia. Cafeterías artesanales sustituyen a fondas; tiendas vintage desplazan a papelerías de toda la vida. ¿Se trata de evolución o de pérdida?
El debate salió de los cafés y se trasladó a las calles. El pasado 4 de julio, colectivos ciudadanos organizaron la primera gran marcha contra la gentrificación en el corazón de la Condesa, con actividades culturales, intervenciones gráficas y un micrófono abierto donde se expresaron preocupaciones reales: rentas impagables, desplazamiento de familias y un sentimiento creciente de desarraigo.
“No se trata de rechazar a nadie, sino de preguntarnos qué ciudad queremos habitar”, dijo una de las participantes frente al Parque México. Y es que, mientras algunos defienden la revitalización de estas zonas, otros ven con alarma cómo la ciudad se vuelve cada vez menos accesible para quienes la han habitado toda la vida.
Las autoridades han comenzado a responder. Clara Brugada, jefa de Gobierno de la CDMX, aseguró que se protegerá el derecho a la libre expresión, pero llamó a evitar discursos de odio. También se trabaja en protocolos para futuras movilizaciones ciudadanas.
Más allá de las posturas, la conversación ya está sobre la mesa. La gentrificación no es solo un tema urbano, sino emocional: habla del tipo de comunidad que queremos construir, del valor de nuestras raíces y de si el progreso puede convivir con la memoria colectiva.
Mientras tanto, la ciudad sigue cambiando. A veces con prisa. A veces sin avisar.
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