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Cómo enfrentar la realidad de tu cartera

Por Erika Riveto Almazán

Abres tu cartera y descubres que los billetes “volaron”, checas tu estado de cuenta y ves como disminuye tu dinero día a día, o que tus clientes y deudores ya ni te responden el celular.

Por eso, refuerzas esa sensación horrible de pérdida, de “no tengo”, cuando te informas que en lo que va de la pandemia se perdieron 40 mil empleos y cerraron muchos negocios, algunos con décadas de servicio, por no mencionar la escena más terrible: la pérdida de vidas humanas.

Esa es una realidad. Por supuesto. Y es tan válida como otras historias, completamente divergentes: de quienes se hicieron la promesa de cuidar su salud hoy más que nunca, su alimentación y sus hábitos: se levantaron más temprano y trabajaron hasta los fines de semana en los medios que pudieron porque investigaron y tomaron las oportunidades que pudieron.

Tal vez perdieron su trabajo, pero encontraron otro. Buscaron la manera de mantener su empleo y su negocio, aprendieron nuevas tecnologías y se prepararon para el futuro que se nos convirtió en presente.

No gastaron su energía en lamentos ni maldiciones, sino se ocuparon en buscar soluciones a cada problema.
Simplemente no aceptaron en su realidad a la enfermedad, la carencia y el miedo.

Tomaron acciones y riesgos.
Y sólo esperan que pase este tiempo borrascoso para que les vaya mejor.
Porque ellos no se conforman con sobrevivir.

Esa es también una realidad, una realidad paralela por la que muchos están transitando en este momento.
Y es que entre muchos tonos y matices que nos presenta la vida, es válido que cada uno de nosotros nos hagamos una pregunta honesta ¿cuál es la realidad que estás viviendo hoy?

Porque la noticia es que tu abastecimiento no está afuera: no depende de una economía global, de un gobierno, de una empresa, de un jefe, de una pareja ni de una pandemia.

Depende de ti, al 100%. De tus pensamientos y emociones.
Porque tu eres tu propio abastecimiento.

De ahí la importancia de hacernos conscientes de la calidad de nuestros pensamientos que emitimos a diario: ¿son de carencia, de queja, de miedo, de tristeza? Cuidado: después de un pensamiento sigue una emoción y, enseguida, una acción, y las tres responderán forzosamente a una misma naturaleza… y en esa línea, se suman los eslabones de nuestro tránsito cotidiano.

No sé trata de ser optimistas ni tener “buena vibra”. Tampoco de caer en el embuste de “al mal tiempo buena cara” o de leerte el manual del poder de la atracción. Se trata de hacernos conscientes de que existe una ley universal: la causa y el efecto.

Esto es, todo lo que piense generará una emoción y después se concretará en una acción que le dará sentido a mi vida, de carencia o abastecimiento, de salud o de enfermedad, de miedo o fortaleza, de depresión o esperanza, de ansiedad o de paz.

¿Qué es lo que quiero para mí vida?
Esa es una responsabilidad individual. Y de nadie más.

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