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Sálvese quien pueda

16-1.jpgMaría Luisa Deles / ESCRITORA

Un olor a cebolla podrida lo atacó al abrir la puerta. Era un hedor inaguantable y voluminoso que hizo anticipar a Arturo Pereyra la peor de las tragedias. En efecto, el cadáver contaba ya una semana de encierro, pero nunca habría podido imaginar lo sucedido en aquella escena del crimen ni, mucho menos, el incierto destino de su amado perrhijo. A Ícaro, un crestado chino procedente de Estados Unidos (ya que en China no hay crestados), lo habían adoptado con apenas mes y medio de edad. Washington Bermúdez, veterinario emérito del College of Veterinary de Gainesville, tuvo el honor de entregar a los señores Pereyra una cesta acolchada desde donde el lampiño ejemplar, no bien olisqueó a sus nuevos papis, pegó un intrépido salto hacia ellos ganándose el heroico apelativo. Tenía complejo de gato volador y el agrio carácter de una suegra, de modo que en poco tiempo desquiciar al personal de servicio y surcar el aire se convirtieron en sus pasatiempos favoritos.

En cualquier punto de la casa podía vérsele saltar de un sillón a otro, de la resbaladilla al sube y baja o de los últimos peldaños de la escalera a tierra firme pegándole enormes sustos al resto de los habitantes. Las piernas de la recamarera y las de Simone, su nana francesa, eran un trepadero de mapache gracias a sus afiladas uñitas, pero la peor parte recaló siempre en el inestimable doctor Bermúdez, especialista en nutrición de razas desnudas, quien era objeto de su más auténtica antipatía. El pelado le había meado los calcetines en más de una ocasión y en respuesta, el clínico lo orinaba desde arriba durante el baño quincenal en su consultorio. Ambos energúmenos se picudeaban a espaldas de los Pereyra como si en ello les fuera la vida.

Todo lo que Ícaro tenía de feo y malcriado se compensaba con su buena estrella, aunque la felicidad no es un plato que pueda servirse a diario y una funesta mañana, desconfiando de la servidumbre y del mal español de la nana, Ícaro fue encomendado al cuidado del doctor Bermúdez mientras sus papis gozaban de unas merecidas vacaciones. El chucho no tenía un pelo de tonto (no en balde era calvo) y al verse abandonado en casa del acérrimo enemigo mantuvo un bajo perfil durante las primeras horas. Deambuló olisqueando las esquinas, orinó cerca del retrete para marcar terreno y se echó a dormir a pata suelta en el sillón favorito de Washington como si en su alma no se gestara el grotesco pecado de la soberbia.

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La noche del mismo día, un bienoliente aroma a cebolla acitronada lo convidó a salir de la modorra con un retortijón de tripas que no supo identificar, pues nunca había padecido el hambre. Esa horrible sensación sin nombre siguió apoderándose de sus entrañas mientras con sigilo estudiado se dirigía a la cocina, donde el médico tomaba sus sagrados y olorosos alimentos con los audífonos puestos y una blanca servilleta al cuello. Bebé Pereyra urdió un alífero plan, trepó a un banquillo, luego a la estufa y finalmente al refrigerador para emprender desde esa altura un vuelo magnífico que le hizo aterrizar en la espalda de Washington Bermúdez.

Sin mayor esfuerzo, una masa informe cayó al piso dejándole paso franco hacia el suculento trozo de salmón, rodeado de dorados cubos de cebolla y crujientes espárragos, del que dio cuenta en un tris. Nadie se interponía en su camino a la felicidad así que, una vez satisfecho, se puso a jugar con la servilleta y la espantosa corbata de lunares del caído en batalla. Más tarde regresó a dormir en el sillón, incapaz de imaginar que el factor sorpresa, unido a un cacho de perejil que se le había atorado al médico en el gañote, habían actuado como mudos testigos en la última cena de su odiado custodio.

Grave sorpresa se llevó a la mañana siguiente cuando descubrió al acérrimo enemigo tumbado en el mismo lugar de la víspera. El bulto no reaccionaba a sus meneos de cola ni a la ácida humedad de sus calcetines, pero los restos de la cebolla acitronada le sirvieron a Ícaro como distractor por un rato. Volvió a mear, a echarse en el sillón y a trepar en los muebles repitiendo el recorrido durante día y medio, hasta que se acercó a la ventana de la cocina, abierta de par en par, y descubrió el vacío de los once pisos que había por debajo. Entonces emprendió un vuelo palpitante, el más arrojado y ambicioso de todos, para aterrizar en el camión recolector de la basura que lo conduciría a una nueva aventura sin fin.

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